Basura demagógica


ADVERTENCIA: Este artículo trata netamente de política. Prometo no volver a escribir algo así. Una disculpa.
Jorge Luis Borges decía que soñaba con un país en donde los ciudadanos no supieran el nombre del presidente. Esto suponía que, independientemente de quién estuviera en el poder, los asuntos públicos marcharían bien. Pero ése era sólo un sueño del escritor argentino. No es la realidad mexicana. Si cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece, es porque hemos preferido la demagogia, ese detergente para lavar cerebros. El diccionario la define como “dominación de la plebe”, “política que halaga las pasiones de la plebe”. Y éste es el caso López Obrador, quien este viernes 12 de agosto estará en Hermosillo haciendo lo que sabe hacer: campaña.
El consagrado perredista Andrés Manuel López Obrador es la imagen viva del populismo taimado a la manera de Roberto Madrazo. Es la otra cara de la moneda, el reverso del priísta, no su contrario, pues los dos poseen características similares: despotrican contra el neoliberalismo y se santiguan ante el altar del tan llevado y tan traído pueblo. “El pueblo se cansa… de tanta pinche tranza”–profirió Obrador, despertando, por supuesto, simpatías y elogios. Al fin, dicen los crédulos ciudadanos, alguien que nos comprende. Subió su popularidad. No olvidemos, sin embargo, que popular era la Adelita entre la tropa.
Halagar las pasiones de la plebe no es sino decirle a la gente lo que quiere escuchar, no lo que necesita. Al cuestionar algunos de los puntos del proyecto político de López Obrador, me contestaba una señora, casi suspirando: “dio un discurso muy bonito”. Ante eso, ni hablar. No hay, al parecer, más argumento razonable. No, no lo hay en el país de los monstruos demagógicos. En ese sentido, la campaña presidencial de Vicente Fox fue igualmente demagógica: 15 minutos de Chiapas, virgen de Guadalupe. Carlos Castillo Peraza lo llamó “populismo de derecha” tan peligroso como el de izquierda. Pero ante López Obrador estamos ante un personaje más complejo y peligroso para la construcción de la democracia. No deja de causarme ruido el afán del tabasqueño por ofrecer diariamente conferencias de prensa que eran, en realidad, discursos. Me recuerda al venezolano Hugo Chávez, incansable orador. Me recuerda a Fidel Castro, cuyas peroratas televisivas apabullan hasta al más paciente.
Este afán de protagonismo es preocupante y síntoma de un problema más grande: la demagogia, entendida como el interés de figurar alto en las encuestas y los referéndums. No hay nada como aparecer en el noticiario haciendo declaraciones de prensa, realizando campañas que, como el “escándalo” del desafuero, dividen al país entre los buenos y los malos como si todos los mexicanos fuéramos parte un filme hollywoodense. Sólo la irresponsabilidad de los perredistas pudo llamar, en ese momento, a una movilización nacional. Recordemos la teoría del complot tan polarizante como un imán. Una falacia, una estrategia discursiva clásica del caudillismo. El mesías prometido se vería obstaculizado por las fuerzas obscuras del poder federal. Por Dios.
En general los latinoamericanos tenemos una tendencia natural al personalismo. De buena fe, confiamos más en la gente por su palabra que en los proyectos viables. Craso error. Ésa es acaso la causa de la demagogia. El sueño de Jorge Luis Borges no se hará realidad: Nunca olvidaremos el nombre de los políticos, pues diariamente aparecen en televisión como estrellas públicas. El caso López Obrador, ni se diga, un sexenio más de basura demagógica. Y conferencias mañaneras de prensa.