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González de Alba


Luis González de Alba es un escritor atípico e incómodo para la izquierda tradicional mexicana. Autor de las novelas Los días y los años, Y sigo siendo sola, entre otras, se ha dedicado a la divulgación científica y, sobre todo, a la crítica política. Consciente de que la crítica resulta necesaria precisamente en esos sectores que se autonombran, de manera sospechosa, como “progresistas”, De Alba es enemigo de las cursilerías nacionalistas, la densidad ideológica con que los líderes y luchadores se lanzan a su batalla no razonada, la noción muy mexicana y muy latinoamericana de que somos una excepción idiosioncrática, en fin, todo esos tótems y tabúes.

Su pasado como líder estudiantil del 68, que le significó encarcelamiento en Lecumberri, le ha ayudado a entender cómo el PRI se ha clonado en el PRD. Le sirve, además, para referir cómo el actual alegato izquierdista raya en la mezquindad, el uso sistemático de la mentira. Al parecer, los pecados de gobiernos nacionalistas autoritarios se han traducido en el inmovilismo, endilgado, por una ciega culpa, a los recientes gobiernos de centro-derecha en México. Es, parece decir De Alba en sus artículos, la señal de imbecilidad de los izquierdistas que, deplorando tajantemente la democracia liberal, anhelan –a fuer de ciegos y sin saber lo que promueven— una dictadura de partido del comité central, populista, teocrática o, para variar, de caudillo. Imbecilidad porque añaden un autoritarismo a otro: el de la sinrazón, la demagogia, el rencor de clase y otras tristezas. Esos y otros temas es Luis González de Alba.
Al respecto de la reforma energética y unos que otros diretes que vinculan a Miguel Ángel Granados Chapa y Monsiváis, el mes pasado González de Alba publicó en el diario Milenio un artículo titulado “¿Y qué celebran?”, que aquí transcribo:

1. Soy de los muchos que no se entusiasman porque en el Congreso se haya pergueñado un guiso al gusto de todos los partidos (con excepción de los peleles de López) porque no resuelve el asunto central: seguiremos comprando gasolinas, el 40 por ciento, a refinerías pri-va-das, pero fuera de nuestro territorio porque la ley les sigue prohibiendo instalarse aquí y dar empleo a los mexicanos.
Cómo festejar que Pemex deberá seguir dando brincos para asociarse con capitales privados en Texas, como hizo en Deer Park, lo cual la convierte en exportadora de capital y no polo de atracción de capitales; compañías pri-va-das seguirán a cargo del transporte de derivados del petróleo con el método más costoso: camiones-pipa, pero no podrán soldar pipas entre sí para hacer un oleoducto que nos abarate a los mexicanos los productos de Pemex. ¿Alguien entiende por qué?
No veo el entusiasmo por felicitar a legisladores que legislan, pues para eso les pagamos un millón mensual a cada uno entre sueldos, prestaciones, comilonas, masajes y peluqueros. No creo en los acuerdos unánimes ni en sacrificar la eficacia por el consenso pues la democracia es el ejercicio de la mayoría luego de la discusión amplia e informada. Consenso había en la Unión Soviética y lo hay en Cuba (hasta para permitir a compañías brasileñas, españolas y noruegas que exploren sus aguas profunda, corran todo el riesgo y se repartan ganancias si encuentran yacimientos).
Tampoco veo el motivo de entusiasmo porque no se privatizó lo que nunca se propuso privatizar. Se sigue mintiendo con descaro y total impudicia que se impidió la venta de Pemex. Nadie la impidió porque nunca estuvo a la venta ni uno de esos fierros viejos que nadie en el mundo que nadie en el mundo quería comprar. Los yacimientos no respetan fronteras y los texanos ya extraen de los que comparten con nosotros, lo comienzan a hacer los cubanos. Es como si tres chuparan del mismo refresco: cuando legislemos para meter el popote, el vaso estará vacío.
Se invertirán 12 mil millones en una refinería nueva para Pemex que, con su corrupto sindicato, pierde dinero en sus refinerías. Perderán con la nueva porque la productividad de un trabajador de Pemex es siete veces inferior a la de las compañías más eficientes, y acabará comprando el crudo que refine porque durante los años de su construcción se nos habrán agotado los yacimientos por nuestro aberrante rechazo al capital privado.

2. A propósito de mi artículo pasado sobre el llamado de Granados Chapa a que los luchadores sociales dejen de emplear métodos criminales, recibí este mail de un amigo: “La entrega de la medalla Belisario Domínguez a Miguel Granados Chapa es el triunfo de las posiciones políticamente correctas aun cuando lleguen a la abyección. Granados Chapa defendió en todo momento al procurador Samuel del Villar, incluso en la aberrante acusación contra Paola Durante y coacusados por el homicidio de Paco Stanley. No rectificó ni cuando Bátiz, sucesor de Del Villar, se disculpó con Paola. Su defensa de AMLO, y en general del perredismo más pedestre, ha sido incondicional, con tópicos baratos y sin argumentos. Su estilo es acartonado y sus argumentos, inexistentes. Eso es lo que admiran nuestros ínclitos senadores”
Añado: cayó Granados en la patraña de la anciana violada en Zongolica y no ha corregido ni a la luz de datos que muestran la mala fe de los acusadores y el infundio lanzado contra soldados que, sin duda, habrían preferido hacerse una puñeta.

3. ¿Mentiras? Mi relato sobre los gritos de Monsiváis a Carmen Lira, directora de La Jornada, con la conclusión: “¡O Luis o yo!”, por la que fui echado de ese diario del que, para mi eterna ignominia, fui fundador y copropietario, lo he repetido cada que me preguntan al respecto, la última ocasión en el programa de Pablo Hiriart y Jaime Sánchez Susarrey. Jamás he sido desmentido. Nunca.
Y no fue la primera vez en que CM puso tal ultimátum. A raíz de mi artículo “La fiesta y la tragedia”, recogido en Las mentiras de mis maestros, exigió lo mismo; pero Lira, sólo a cargo de la dirección, le pidió esperar al regreso del director, Carlos Payán, en España con regreso por París para comprarse su quincuagésimo octavo traje de pana estilo intelectual proletarizado. Cuando volvió ya había entrado al quite Octavio Paz en Proceso, texto que el poeta recogió en Itinerario (p. 218). Lira sólo me comentó: “Tenía que meterse el pinche viejo”.

Conmino a los lectores a leer más artículos de Luiz González de Alba en su página.

Un cuento y un diario

Yo no escribo cuentos, pero sí he escrito un brevísimo cuento, cuyo valor literario asumo y afirmo como nulo. Desde el mismo título, se vislumbra ya el afán efectista, el ademán formulista, la involuntaria caricatura en el protagonista, ese tono pretencioso adoptado por un narrador advenedizo: “Soren el angustioso” es, no obstante sus irremediables defectos, un mero documento personal, o bien, un homenaje ingenuo a un personaje de la historia de la filosofía y la teología.

Así, para vergüenza mía y para gloria de mis detractores, no niego ser el autor de ese cuento que tuve la osadía de reproducir aquí hace ya tres años –si algún ocioso y morboso gusta, puede leerlo acá. No puedo negar, además, que fue originalmente publicado en la revista Textos de la Universidad Autónoma de Sinaloa, como parte de un artículo-reportaje sobre El Club Chufa y otras manifestaciones literarias en Sonora, escrito por Omar Cadena. Nada trascendente.

Traigo a colación tal tema más bien por motivos incidentales. Mi cuento es de una pobreza tal que se limita al nivel temático; y hace poco volvió a mi memoria la imagen del filósofo danés a través de la lectura de su diario personal. Para ejercitar mi nefasto inglés, y al voltear a mi desvencijado librero, noté que era de los pocos libros en inglés que estaban en él. The Diary of Sören Kierkegaard fue un regalo de Carlos Pacheco. Lo consiguió, me dijo, baratísimo en Amazon. Y la verdad es que nunca terminé de leerlo.

No soy yo, ni es este el espacio para discurrir sobre la obra filosófica y literaria de Sören. Sólo diré que su diario personal, más que personal, es una serie de razonamientos en torno a diferentes obsesiones de su andar filosófico y teológico: el luteranismo, el protestantismo, el hegelianismo, la ironía, la analogía, la angustia, su padre, Poul Möller y, por supuesto, Regina Olsen. Sólo en unas pocas partes, el solitario de Copenhague deja ver su romance venido abajo por su mórbida obsesión con la angustia, el sacrificio.

Es acaso en su Diario de un seductor donde se observa novelada la historia que le ha dado el cariz visceral a su visión filosófica. Es, sin embargo, el tono a un tiempo lacónico y lapidario lo que hace a su diario personal una lectura muy gozable:

After my death no one shall find in my papers (that is my consolation) the slightest enlightenment on what fundamentally filled my life, nor find the writing in my inmost being that explains everything and often makes what the world would call trifles into vastly important events to me and [vice versa] what I regard as insignificant –when I eliminate the secrets notes that explains it.
Con fines plagiarios, tomé una traducción regular de la primera nota del diario, fechada en 1836, la modifiqué y reproduje en mi cuento, no sin dudas sobre el improbable efecto estético. Todo en aras de la claridad temática y de trama.

Anoche fui a una fiesta. Todos admiraban mi personalidad y mi sobriedad. Estaban de acuerdo en que era el más agradable, por lo que supe que me encontraba de sobra en ese lugar. Regresé a mi departamento.
La versión en inglés, tal vez más fiel a la original danesa, reza así:
I have just returned from a party o which I was the life and soul; witt flowed from lips, everyone laughed and admired me –but I came away, indeed that dash should be as long as the radii of the earth’s orbit ----------------------wanting to shoot myself.
Un yerro literario de juventud importa poco. Lo que sí es imperdonable es que alguna vez estuve tentado a convertirlo en novela. Gracias a Dios, eso no sucederá. Y tal vez sea una mera ociosidad pedirles que no la esperen. No la esperen.

Tres objetos

Después de un largo período de exilio bloguero, sólo vuelvo para compartir tres objetos virtuales, cuyo contenido y motivación responden estrictamente –¿será necesario explicarlo?— a la arbitrariedad, madre de la historia.

I. Después de la orgía

Si fuera preciso caracterizar el estado actual de las cosas, diría que se trata del posterior a la orgía. La orgía es todo el memento explosivo de la modernidad, el de la liberación en todos los campos. Liberación política, liberación sexual. Aberración de las fuerzas productivas. Aberración de las fuerzas destructivas, aberración de la mujer, del niño, de las pulsiones inconscientes. Aberración del arte. Asunción de todos los modelos de representación, de todos los modelos de antirrepresentación. Ha habido una orgía total, de lo real, de lo racional, de lo sexual, de la crítica y de la anticrítica, del crecimiento y de la crisis de crecimiento. Hemos recorrido todos los caminos de la producción y de la superproducción virtual de objetos, de signos, de mensajes, de ideologías, de placeres. Hoy todo está liberado, las cartas están echadas y nos reencontramos colectivamente ante la pregunta crucial: ¿qué hacer después de la orgía?

El autor es Jean Baudrillard. Tomada de su libro La transparencia del mal (Ensayo sobre fenómenos extremos), la cita es, a juzgar por la prosa que le caracteriza, de las menos infumables. Por otra parte, ante la pregunta del pensador francés, alguien diría que queda otra orgía; Baudrillard dice que queda la simulación; Octavio Paz diría que la contemplación; Madonna afirmaba que la erotización; el Che Guevara, que otra revolución; Karl Popper, el falsacionismo; David Bowie, que el travestismo…

II. Where the hell is Matt? (2008)


Where the Hell is Matt? (2008) from Matthew Harding on Vimeo.

Todo análisis del video estaría muy por demás. Sería un mero vicio de la intelectualización. Y a Matt tal vez le importa poco. No estamos ante la hermandad de lo global, ni ante la mentira de la imagen. Las imágenes no mienten, ni ocultan; la superficie es su verdadera y única naturaleza. Así que seamos superficiales: sólo vean la superficie, pues no hay más. Pero igual y vale la pena.

III. Nota

Sigo esperanzadamente aguardando mi snickers.

Quevedo y los emo

En un pequeño texto titulado “Premática que este año de 1600 se ordenó”, e incluido en lo que se ha llamado tradicionalmente Obras jocosas, Quevedo despotrica contra los clichés, las frases sobadas, los dichos y refranes, el lugar común, las muletillas del lenguaje oral y escrito que le son contemporáneos. Con la agria sátira cuya antonomasia pertenece sin duda al autor madrileño, éste hace firmar como autores de la diatriba a “ciertas personas deseosas del bien común y de que pase adelante la República.” Por medio de esa licencia retórica, Quevedo se queja asimismo de que los adherentes a esos vicios tienen “la buena prosa corrompida y enfadado el mundo”. La premática (o ley disciplinaria) pretende rogar “por cortesía y, si es importante, con imperio” para que sean prohibidos los vocablos y expresiones gastados a fuerza de uso. En caso de no acatar la ley, los abusivos serán consignados a penas severas.
La diatriba, sin embargo, trasciende el ámbito estético para rayar en lo ético. Quevedo lanza su sátira sobre todo a los poetas, de quien dice:

En los poetas hay mucho que reformar, y lo mejor fuera quitarlos del todo; mas porque nos quede de quién hacer burla, se dispensa con ellos; de suerte que, gastados los que hay, no haya más poetillas. Y quedan con este concierto: que de aquí en adelante no finjan ríos sus ojos, porque no somos servidos de beber lagañas ni agua de cataratas: cada uno llore en su casa si tiene qué, y muera de su muerte natural sin echar la culpa a su dama: que hay veces más muertes en una copla, que hay en año de peste, y después de habernos cansado, viven mil años más que por quien morían.

Y agrega:
Quitamos más: que no traten del carro de Apolo, la Aurora, Filomena, la Parca, Venus, Cupido, ni se quejen de cabellos, ojos, boca de su dama ni digan: Ablanda aquese pecho endurecido.

A menos que uno sea Jacques Derrida, no se puede uno substraer del fenómeno social y mediático de los emo, esos adolescentes y manojo de nervios a la vez. Hemos visto y oído cómo sus transgresiones estéticas han tenido repercusiones éticas. Cuando se le pregunta a un metalero, gótico, punketo, darketo, etc., por qué odia a los emo (en realidad, en su lenguaje ad hoc, a él le cagan), contesta que porque éstos copian su estilo y a raja tabla les propina un tremendo madrazo con su respetivo chingadazo.
No quiero proclamar las buenas costumbres ni caer en la corrección política de defender el derecho a los emo a verse ridículos o putos, ni la cantaleta de que ciertamente las otras denominadas eufemísticamente tribus urbanas no son menos estrafalarias. Ya el Falso profeta, Carlos Pacheco y Miguel Candelario han aclarado eso. Quiero más bien caer en otro lugar común que no hace sino llamar sino a la reflexión a partir de una analogía: tantos los (malos) poetas del siglo XVII como los emo son acusados de afectación, pose, mala imitación. La acidez con que Quevedo se burla de aquellos poetas llorones tiene su equivalente en la furia descarnada con que se señala que el emo funge como un alienado de moda. Es decir, se aduce falsedad de la emoción. Lo curioso es que incluso para entristecerse hay que, dirían los “verdaderos” emo, hacerlo con estilo, no ser un entusiasta depresivo (?), sino un verdadero depresivo, con heridas fuertes y suicidios eficaces en secreto.
Eso me recuerda al comentario que un darketo, ávido de representatividad en el medio, posteaba en un foro:

Veo que el circulo de los "dark" es bastante exclusivo, yo siempre visto de negro y vivo de noche, soy terriblemente pesimista y muy aficionado al noble arte de succionar y chupar... no obstante, mucho me temo que todo eso no es suficiente para ser incluido en... (he estado a punto de decir secta) en... el selecto grupo. ¿Acaso hay algún ritual o forma de acceder a él? Me gustaría que me informasen al respecto... Esto es lo más esclarecedor que he podido encontrar acerca del "dark" en la Red:
El dark es, en pocas palabras, sátira y soledad. Es en realidad una forma de vivir marginalmente en este mundo El dark es uno de los movimientos contraculturales que más relación tiene con las bellas artes, ya que se puede encontrar en la literatura, el teatro, la fotografía y la música. En cuanto a la literatura se menciona que todos los filósofos del existencialismo tenían tendencias dark, en sus explicaciones acerca de la existencia y sus manifestaciones emocionales.
"Si pudiera dejar de pensar, aunque me quede, aunque me acurruque en silencio en un rincón, no me olvidaré. Estaré allí, pesaré sobre el piso. Soy, soy, existo, pienso luego existo; soy porque pienso. ¿Por qué pienso? No quiero pensar, soy por que pienso que no quiero ser, pienso que… ¿por qué?" (Jean Paul Sartre, La náusea)
Salud y saludos.
Pues bien, nos enteramos que el filósofo del antiteísmo humanista y principal representante del mayo de 68 escuchaba a Morbid angel y que el arte de succionar y chupar (sic) es noble. Más allá de la confidencia de alcoba que el vampiro adolescente ventila en su comentario, no sé por qué respiro un aire a gregarismo, aunque con la consigna de que “el dark es, en pocas palabras, sátira y soledad” Sí, pura soledad, marginalidad. La sociedad está llena de conformistas. Espero que el pobre joven haya resuelto su problema y alguna comunidad dark lo haya adoptado con un noble y decente rito de iniciación. Me tiene muy mortificado que viva de noche, ¿a qué horas estudia y/o trabaja?... además, estando la noche llena de peligros. Es terriblemente pesimista, pero lo bueno que no tanto como para desear salud a sus congéneres y anidar la esperanza de ser acogido en una comunidad verdaderamente marginal.
Hay, pues, en todo esto un afán de sinceridad, autenticidad, que no perdona un céntimo de mera representación estética y posada, a todas luces simulada. Los emo son culpados de atentar contra la buena música y el estilo original al mezclar indiscriminadamente elementos clichés de otros géneros. Y es cuando la ética, que no es cualquier bicoca, sale a relucir. Esto es sin duda un síntoma: no nos gusta ver copias de copias y, sin embargo, no creo que se pueda aspirar a más. La verdad es que a estas alturas es casi imposible distinguir el original de la copia, el territorio del mapa. No hay falsedad, hay sólo montaje auténtico, aunque el genio ético-estético de Quevedo, que alabado sea (o los darketos) nos caigan a palazos. El simulacro, la hiperrealidad, dice Baudrillard, es más real que la realidad real y así sea.

Discurso a mis estudiantes

Después de haberme chamaqueado durante casi cuatro meses, en esta última sesión (en la cual, para variar, éste juega con su iPhone, aquél ya va en su noveno sueño y aquélla se muere por entrar a Facebook), decidí aburrirlos una vez más, exponiéndoles dos aspectos vinculados a mi labor docente y/o persona: a) ciertos hechos circunstanciales y no profundos, más humeanos que cartesianos, que me han traído hasta aquí; b) algunos datos y anécdotas grises, pues, como bien sabrán ustedes, la vida de un profesor es de lo más aburrida, incluso más que sus clases. Léase: no tomo, no fumo, no bailo pegadito, etcétera.

a) La verdad es que, en mis siete años de docente, siempre le he sacado la vuelta a la preparatoria. Eso de andar callando gente como que no se me da. Un título de maestría no tiene nada que hacer frente a la áspera y cruda realidad, de ser mandado al diablo cuando intentas explicar la diferencia entre mito y logos, el mercantilismo de los sofistas o la alegoría de la caverna. Es evidente que no puedo competir contra la plática sabrosa sobre el anillo de graduación, o sobre si se sospecha que Paris Hilton ya no es virgen, no sólo porque la filosofía en sí misma no tiene, al parecer, lugar alguno en la esfera de lo inmediato, sino porque –hay que reconocerlo y decirlo sin hipocresía, sin autocompasión– mis clases no son precisamente dinámicas, a ustedes les consta. O más bien, mi dinámica y técnica didáctica se resume en esto: yo hablo y ustedes escuchan. Disfruto mucho pararme a decir mentiras. No sé si les conste.
Tal es el ejemplo que he seguido de los maestros que me formaron –o deformaron. Y es que traigo a cuestas diecinueve años de educación pública tradicional. Por ejemplo, mi maestro de sexto de primaria decidió que debía participar como solista en la recitación grupal de un poema de Enrique González Martínez. Habíamos ensayado bastante la lectura por algunas semanas en el aula. Jamás me notificó cuándo sería la presentación. Un lunes cívico, de honores a la bandera, juramento y entonación del Himno Nacional y demás, tuve la malapata de llegar tarde. Me quedé perplejo al recibir el regaño por parte de mi profesor, quien había que tenido que prescindir de mi participación por no haber estado a tiempo. El título del poema era “Cuando sepas hallar una sonrisa”, pero yo no supe hallar respuesta alguna a mi frustración.
Mi maestra de español en secundaria, una de las profesoras más perezosas y valemadristas que he conocido en mi vida, me eligió para aprenderme un discurso de dos cuartillas de Jaime Torres Bodet, en el cual este poeta mexicano exaltaba la supuesta gesta patriótica de los Niños Héroes. Me agarré contra la pared y en un día lo memoricé. De ella no recibí regaño alguno, sencillamente no recibí nada. Jamás se tomó la molestia de preguntarme acerca del discurso. Desde esa vez los Niños Héroes me parecen lo más cursi y falso de la historia oficial de México.
Con todos los defectos y vicios que pudieran tener, a todos mis profesores (buenos, malos y regulares) les agradezco todo, pues me enseñaron no sólo a partir de su contraejemplo, es decir, de lo que no se debe hacer en clase; me aportaron algo que no la da la nueva visión light de la educación: las clases no tienen que ser necesariamente divertidas “entretenidas”, sino significativas. Si el profesor sólo se diera a la tarea de ser Adal Ramones o un mero proyector de películas, no sería un profesor, pues se estaría a expensas de cumplir expectativas muy ajenas a la del aprendizaje. Según entiendo, aprender es salir de sí mismo, reestructurar toda nuestra percepción, no aclimatarnos a un orden cómodo. Ustedes saben: aquello que consideramos como “peladito y en la boca”. Lo anterior no significa, por otra parte, que no hay lugar en el aula para la empatía personal con los estudiantes, el recurso histriónico o visual.
Para ser sinceros, diré que en realidad yo no sé cómo se da una clase, pero sí creo saber cómo no se da. Sin embargo, no soy tan soberbio como para pensar que he superado los vicios y defectos de mis profesores. Gracias a Dios y a la divina tecnología, hoy tenemos el powerpoint, que a la vez que nos ahorra el trabajo también nos vuelve menos curiosos y críticos, pues presenta todo desde la percepción del homo videns. Gracias a los nuevos educadores, hoy tenemos la patraña ésa del profesor como “facilitador”, las técnicas de rompehielo (que deviene puro desmadre), los PBLs, el aprendizaje colaborativo (que es la forma elegante para decir “hacerse bolas”), plataformas electrónicas y demás. Por supuesto que estas herramientas son muy buenas. Sin embargo, para los que fuimos la última generación sin tales recursos, consideramos lo que un educador planteó al respecto: “Si un profesor en particular es substituido por una computadora, es porque, en efecto, tal profesor merece ser substituido”.
En otras palabras, no se puede asir el conocimiento si no se tiene una voz que medie, regule o dé sentido a la materia prima: ustedes. Es como observar un documental sin narrador. Trayendo a colación los conceptos aristotélicos, es como si sólo observáramos la Materia, pero sin posibilidad de la Forma, sin esa particularidad que otorga significado. Como soy medio megalómano, me niego a ser sólo la Materia de apenas 50 kilos que de facto soy, y aspiro a fungir de agente creador y constructor de significados con el fin de recrearlos en ustedes. No sé si les conste.
Tal vez se oiga medio senil, pero no recuerdo cuándo decidí ser profesor: sólo sé que en 1997 ingresé a la Licenciatura en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora, mi principal lugar de trabajo y alma mater, con la cual llevo, a la manera de Niurka y Boby Larios, una relación tormentosa de amor-odio. Cuando me gradué en 2001, dejé de ser estudiante para ser, como muchos de los jóvenes mexicanos, desempleado. Tuve suerte, sin embargo, al incorporarme, en poco tiempo trabajo, a la docencia a nivel superior. Después de 4 años de dar clases, en 2005 me inscribí en la Maestría en Literatura Hispanoamericana y, sin dejar de trabajar durante el transcurso de ésta, me gradué y titulé en 2007 y aquí estoy haciendo lo que mejor sé hacer: tirar verbo. No sé si les conste.
Como no soy la dra. Corazón, ni el Papa, no daré consejos acerca de cómo ser buena persona. Sólo les diré que usen cinturón de castidad o de seguridad, o si no también usen condón y, sobre todo, aprovechen para bien la oportunidad que les dio la vida y sus padres al estarse graduando de una escuela sin huelgas y, sobre todo, antes de que sean todos unos universitarios y universitarias, no la chiflen: lean un libro estas vacaciones.

b) Al provenir de una familia con nulos antecedentes escolares, pues ninguno de mis padres cuenta con educación primaria, la elección de una carrera profesional vinculada a las humanidades resulta algo curiosa. Recuerdo que cuando estaba por terminar mi licenciatura, mi papá –quien fue panadero desde su temprana adolescencia y hoy pensionado con una pensión miserable del MSS— me preguntó, después de 4 años de estudiar, que si de qué carrera me iba a graduar. Esto, por supuesto, no se debió a una falta de interés, sino sencillamente al hecho de que para alguien de una personalidad ajena al ámbito de las letras, la frase literaturas hispánicas no es algo común. (De hecho, todavía hay profesionistas que me preguntan si mi carrera es nueva, cuando en realidad tiene más de 35 años de fundada, siendo de las más antiguas en la Unison.)
Soy el sexto hijo de una familia de seis hijos. Junto con mis hermanos y hermanas, formo parte de esta generación heredera de Siempre en domingo, el Chavo del ocho y el priísmo, que es cuando creo que empecé a tener conciencia de mí. Soy asimismo parte de esa generación de principios de los noventa, tiempos en los cuales, para algunos, el Tao Tao era una especie de himno estatal y, para otros, bailar rap al ritmo de Vanilla Ice y MC Hammer rifaba y controlaba. Se decía así en aquellos tiempos, pues el anglicismo rulear no existía aún en español y menos en la República de Hermoranch, Sonora. Son aquellos tiempos del alternativo y el grunge de Seattle que, con su llamado antiestilo, reaccionaba contra los greñudos metaleros ya trasnochados, si bien todavía Metallica y los Guns dominaban la escena juvenil. Camisas de franelas, guitarras sin distorsión estridente y sin requinteos apabullantes, revelaban ya el clima de una época en una busca de formas más melódicas y sofisticadas para expresar rebeldía, inconformidad o el mero vacío existencial posmoderno. Eran los tiempos de Radiohead, Nirvana, Stone Temple Pilots, Soundgarden, Alice in chains. México atravesaba, para variar, una crisis económica y política: Colosio asesinado y la devaluación del peso frente al dólar. Después vendrían los Zedillos, los Foxs, los Calderones y el otro loquito del pueblo que se cree presidente legítimo. (Deberían de darle la Isla del tiburón para que funde ahí la república de Pejelandia y deje de estar chi… molestando.) Mucho tiempo después vendrían los emos.
Volviendo a lo que me ocupa, recuerdo que una vez les dije –sin malaleche— que, si bien podía mostrarme amigable con ustedes, no era precisamente su amigo. Espero que tales palabras no hayan sido malinterpretadas, percibidas como un acto de mamonería. Fue más bien un intento de marcar cierta línea de distancia. Ya olvídenla. Ahora sí les ofrezco mi aburrida, poco cool, aunque sincera amistad. Hoy es la última sesión y ya es necesario que me hablen de tú.

En cuanto a las preguntas que implícita o explícitamente se me han hecho, respondo:

1) No, no soy gay. No, no me drogo. Soy lesbiano: me atraen las mujeres. Las uñas largas son para la guitarra y otros instrumentos de cuerda. El cabello largo es porque aún me quiero creer, en vano, joven. Aunque se me quiera estereotipar como trovador, más bien me he quedado un poco en el rollo headbanger, a la vez que le tiro al rollo Invasores de Nuevo León. Decidí cortarme el cabello, pero aún no me he atrevido, tal vez un poco por el miedo a aceptar lo que soy: un ñoño al que siempre le ha gustado la escuela; un batito que pasará, tal vez, el resto de sus días entre bibliotecas y aulas. Intento sentirme joven y no ver que tengo ya 28 años y aún no he terminado de escribir la gran obra literaria que me hará famoso, rico y con doctorado.

2) Sí, con las mujeres soy sofista, pero no sólo eso, sino también presocrático, platónico, aristotélico, neoplatónico, budista, taoísta, cristiano, humeano, cartesiano, existencialista… la corriente filosófica o religiosa más adecuada para el caso.

3) Sí, sí creo en Dios –a veces.

Que este Dios con mayúscula, o los dioses, la Energía o el Dr. Simi los bendiga. Como dijo el buen Ceratti, gracias totales.

Chomsky vs. Foucault

Ya había comentado el video que aquí linkeo: Michel Foucault y Noam Chomsky en un debate titulado "Human Nature: Justice vs. Power" y organizado por la televisión holandesa a principios de los años setenta. Mi comentario lo he reproducido en el blog del Club Chufa. Les dejo, para descargar, una de las obras más celebradas de Foucault: Las palabras y las cosas. De Chomsky no.

Releo a Gabriel Zaid (México, 1934)

Fentrada a la perezosa manera en la cual el fautor blogguero "trabaja" en ventilar fentusiasta y vanamente sus pocas pero doctas lecturas, cual si fuese de funiversal trascendencia tal minúsculo facto.


Transmisión nocturna
(Soneto en prosa)

Las selvas africanas, la fauna, los pantanos,
el Nilo que se desborda, las costas de Grecia,
las estrellas, una sonrisa imperceptible, las ciudades:
todo reducido a mirada, metáfora, pintura, telefoto.

La creación, la expulsión del paraíso,
el robo del fuego, la poesía, la construcción
de templos, las batallas, el poder y la gloria:
todo reducido a mito, leyenda, historia, teletipo.

La noche duerme y el reloj habla solo:
trasmite el mundo, las constelaciones
y, en resumidas cuentas, la historia universal.

En el delirio del tic tac binario,
todo el universo se expande con la lentitud
de la hierba, todo pasa reducido a silencio.

El fantasma de los sofistas


En una clase preparatoriana de filosofía pueden suscitarse algunas preguntas incómodas y/o imprevistas: desde la ya clásica “profesor, ¿usted cree en Dios?”, pasando por la de si el libre albedrío o el destino, si hay vida después de la muerte (o antes de la quincena), hasta la de cuál es nuestra filosofía de cabecera.
Pongámonos serios, graves. (Y aquí es cuando uno frunce el ceño y reproduce, en tono catedrático, las manidas palabras: “En la antigua Grecia…”) En la antigua Grecia, se sabe –vía Abbagnano, Gutiérrez Sáenz, Xirau et al— había fundamentalmente dos grupos de pensadores: aquellos que pugnaban por la verosimilitud, orientados a probar sus ideas a partir de la forma de sus razonamientos; y aquellos que pugnaban por la verdad, preocupados más bien del contenido de sus razonamientos. La historia de la filosofía registra tal disyuntiva a partir de la encumbrada tríada (Sócrates, Platón y Aristóteles) y los sofistas (Tisias, Córax, Protágoras, Gorgias, Hippias.)
De los primeros se sabe mucho. Cualquier estudiante de humanidades más o menos avezado reconoce sus aportaciones y lo que, a la postre, éstas significaron en el pensamiento occidental. No obstante, son los sofistas –maestros de la retórica y, según su mala prensa, del engatuse— quienes han representado toda una veta pícara y maldita aún hoy imborrable, por más que los filósofos posmodernos se afanen por reivindicarlos. Si bien etimológicamente el término los vincula al buen camino (“los sabios”), es moneda corriente pensarlos como los inescrupulosos, labiosos y mercantilistas del conocimiento. El adjetivo sofista está, a todas luces, cargado de un sentido despectivo, al grado que el diccionario oficial define sofisma como un “argumento aparente”. Un sofista es, pues, un tipo de pensador que utiliza el lenguaje con el fin de persuadir o disuadir a su conveniencia.
De entre las espurias y fascinantes anécdotas de la Antigüedad, las de los sofistas no son la excepción. Se cuenta, por ejemplo, que el maestro Tisias le pidió a su discípulo Córax que le pagara, puesto que ya habían terminado las lecciones. El acuerdo inicial era que el maestro le enseñaría a convencer a las personas. El alumno se negó y propuso que antes debía probar que había aprendido sus lecciones. La prueba que éste propuso consistió en que trataría de convencer a su maestro de que no debía pagarle. Así, si el alumno no lo convencía estaría demostrando que no había aprendido la lección, y por lo cual tampoco pagaría las lecciones, puesto que el acuerdo inicial era que Córax aprendería a convencer a las personas… ¿le pagaría el alumno al maestro?
Tal es la ilustración que traza la lógica arbitraria de los sofistas. Eclipsados, vilipendiados y superados moralmente por los cosmólogos (o presocráticos) y por la tríada ya mencionada, los sofistas resucitan en este o aquel líder carismático, político, religioso, en detrimento de la razón, el ethos, el logos, la paideia, etcétera.
Después de esta pedante digresión, poniéndonos de nuevo personales y “relajados”, he aquí la pregunta incidental, convocada por todo un grupo de preparatorianos: ¿profe, usted de cuál es, de los otros o sofista? Después de salir del shock provocado por tal sorpresa, y sin tiempo de argüir mentalmente una respuesta evasora, sólo alcancé a escuchar que, apenas perceptiblemente y en tono serio, una alumna mía susurró: sofista.
Y es cuando, en una suerte de megalomanía intelectual, pienso que esa idéntica pregunta le hicieron a Michel Foucault, quien vociferó:

Estoy radicalmente del lado de los sofistas. […] Creo que son muy importantes porque en ellos hay una práctica y una teoría del discurso que son esencialmente estratégicas; establecemos discursos y discutimos no para llegar a la verdad sino para vencerla. […] Para los sofistas […] la práctica no está disociada del ejercicio del poder. Hablar es ejercer un poder, es arriesgar su poder; arriesgar, conseguirlo o perderlo todo. Allí hay algo muy interesante que el socratismo y el platonismo alejaron completamente: el hablar, el logos, a partir de Sócrates no es más el ejercicio de un poder; es un logos que no es [sino] un ejercicio de la memoria. Este pasaje del poder a la memoria es algo muy importante. […] Me parece igualmente importante en los sofistas esa idea de que el logos o discurso es algo que tiene una existencia material. Esto quiere decir que en los juegos sofísticos una vez que se dijo algo, esto que se dijo permanece dicho. La verdad y las formas (1973), pp. 155-156.
¿Tendría que aclarar que mi alumna no tiene tan buena opinión de los sofistas y que, por supuesto, jamás ha leído a Foucault?
P.D. Lo juro por mi maestro Córax.

Hoja de vida

Ahora que soy maestro en literatura hispanoamericana y que me ha hecho justicia la globalización. Ahora que, grado en mano, comparto mi tiempo de profesor entre mi alma mater y conocida escuela privada cuyos alumnos pagan en una mensualidad lo que yo gano en todo un semestre. Ahora que me he graduado después de diecinueve años de educación pública, gratuita y laica. Ahora que no tengo tiempo para la escritura. Ahora que no puedo perder el tiempo con el bloguetariado, me da nostalgia al recordar cuando –hace años y siendo yo más joven y más bello— conocida franquicia refresquera me ocupó para fungir, por unos cuantos pesos, como famoso personaje bonachón.