Cachorro del Imperio


Salí de la Ley 57* rumbo al centro de operaciones del Imperio. Ante la pregunta de un vecino que me vio salir con maleta y maletín, sólo contesté en tono coloquial: “Al gabacho”**. Unos meses antes había enviado el resumen de mi ponencia a los organizadores del XXXVIII Congreso Internacional Independencias: memoria y futuro. La sede de este año sería Georgetown University, en Washington DC. No estaba muy esperanzado en que fueran a aceptar mi trabajo: a) no estoy afiliado al Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, que, desde 1939, publica la Revista Iberoamericana; b) debido a nuestras cursilerías nacionalistas, el tema sería las independencias latinoamericanas y mi propuesta era un análisis cuasiformalista de Piedra de sol de Octavio Paz. Realizado cada dos años a lo largo y ancho de las Américas, este evento no sería la excepción. La multitud de latinoamericanistas se apresuraría, supongo, a enviar sus ponencias sesudas cuanto comprometidas con tal remembranza continental. Con todo, y para mi sorpresa, mi propuesta fue aceptada. Desde ese momento inicié la ruta crítica de los preparativos, hasta que saliendo de mi casa sentí que me olvidaba algo: persignarme. Pero a la vez recordé que mi tradición religiosa no era la católica sino la protestante, herencia del Imperio. Fui a la cocina, donde mi mamá, después de darme los dos sándwiches que había preparado para mí, hizo, cerrados los ojos, una oración en voz alta por mí y por mi viaje. Nunca se sabe los peligros a los que uno se expone: una bala perdida del narco, un avionazo, un disco de Joaquín Sabina, etc.

Si hay algo desolado, eso son los aeropuertos durante la madrugada. Dan la sensación, como se dice, de que han pasado los apaches. Es, sin embargo, una desolación ordenada, tecnificada, dispuesta en un orden que promueve la eficaz movilidad del ciudadano. Es ahí, en un paisaje desolador como el del aeropuerto de Tucson (AZ), donde, haciendo a un lado los códigos no escritos por la civilidad, pude dormitar y comer uno de mis benditos o bendecidos sándwiches. Semiacostado, padeciendo la irrealidad de un cuerpo desvelado, pensaba yo en las posibilidades de la vigilia, el hastío, la angustia domesticada, hasta que llegó el momento del paroxismo: el pase de abordar, la revisión, la ID, los rayos X sobre el equipaje, la mirada vigilante de los oficiales de seguridad, la pasarela de los pilotos y las azafatas con sus maletas idénticas y sus uniformes impecablemente planchados, antes de emprender el vuelo.

La escala sería en Houston (TX), aeropuerto George Bush, en cuyas enormes salas de espera se dejaría ver, ya no la desolación, sino la viva multitud cotidiana, prendida de su celular, ensimismada en la lectura de una novela rosa o un thriller, conectada al wireless, distraída abúlicamente con el diario local. Todos, niños, jóvenes o viejos, haciendo algo mientras esperaban. La salas de espera son un estado de confort, un confort que, no obstante, colinda con el tedio. Ni confortado ni en el tedio, yo, por mi parte, esperaba mientras esperaba. Y así, esperaba esperando cuando llega la hora de subir al segundo avión de mi viaje. “Mechanical problems” alcancé a distinguir del distorsionado sonido de la cabina de mando. Inmediatamente el piloto nos giró instrucciones para que descendiéramos. La tripulación, civilizada y como acostumbrada a semejantes hechos imprevistos, empezó a bajar su equipaje y a desalojar el avión. Me uní al pasillo mesurado de viajeros; me uní fingiendo familiaridad con tal incidente, para después pensar que esas cosas lo hacen a uno pensar. Y lentamente, mientras aguardábamos una hora para que nos cambiaran de avión, me puse a comerme mi otro sándwich.

Tuve suerte de que el aeropuerto Ronald Reagan no se hallara muy lejos de la universidad. Rostro desfigurado y pelo grasoso por tanto viaje, bajé del avión, atravesé todo el aeropuerto con el Crucificado en la boca por el miedo a ser interpelado como a indocumentado salvadoreño; tomé un taxi cuyo conductor era un jamaiquino con un inglés rarísimo que, como los demás taxistas que conocí (haitianos, somalíes, sudaneses), no paró de hablar por celular –manos libres, por supuesto. Tuve, además, la suerte de alojarme, por una cuota baratísima, en la misma universidad, en una de tantas residencias que ofrece Georgetown a sus estudiantes. Al llegar a ésta, asomándome por la ventana del taxi, me hallé a mí mismo despistado y atolondrado por el orden estético de las calles y los edificios del campus, en donde ya había un grupo de estudiantes de pregrado sentados ante una mesa, recibiendo a los ponentes del congreso que habrían de hospedarse: tomé mis llaves y mi tarjeta de acceso, subí por el elevador y, siendo las 9 de la noche, me quedé dormido mientras divagaba sobre el ritual de cordialidad que me aguardaba el día de mañana, cuando tenía que acudir a la mesa de registro y tanto formal como realmente comprobar que, como más de 250 ponentes, había llegado vivo a ese mecanismo de validación académica que con bastante pompa se designa con el término congreso.

Comida en libras en el restaurante buffet Epicurean. Mi desayuno pesó el equivalente a 8 dólares, de los cuales consumí tal vez sólo 5. La cajera salvadoreña que me atendió se extrañó de que yo fuera mexicano: mi acento y mi tez pálida-amarilla. Lo tomé con cierto alivio, no por racismo o desarraigo de mi parte. No. Que se entienda: mi patria son dos caderas amplias y punto. Comí como quien oye llover: sin pensar, viendo lo que como, oyendo lo que como. Terminando, apresurado, me registré y confirmé en el programa que mi ponencia ocupaba un lugar en la última mesa del evento. Era miércoles y me tocaría leer hasta el sábado a las 13: 00 P.M. Mi mesa de presentación y discusión estaba enteramente dedicada a Octavio Paz. Ya conocía a los colegas que participarían antes y después de mí: también mexicanos, también pazianos, también por primera vez en el evento de IILI. Eché una ojeada al programa, que abundaba en ponencias sobre Roberto Bolaño, literatura colonial y decimonónica. No hubo tantos estudios de género-lésbico-queer-esquimales y demás anal studies, como se podría esperar. La tradición de IILI y la Revista Iberoamericana siempre ha estado más vinculada a los estudios sociologizantes y de cierta izquierda medianamente conservadora, y no tanto a las modas académicas californianas y de supuesta avanzada. Sólo eso explica cómo Gerald Martin, el primer conferencista especial al final de la primera jornada y autor de una biografía de García Márquez que Enrique Krauze criticó fuertemente, sólo se dedicó a proclamar su condición de dinosaurio. Sardónico, textualmente dijo “soy un dinosaurio”, en alusión al reciente libro de Jorge Volpi (El insomnio de Bolívar), para quien la idea de Latinoamérica, la idea de una literatura latinoamericana no es sino una idea romántica, una quimera política. Eso irritó a Martin, quien sólo se dedicó a citar a Volpi, sin argumentar nada, como un viejo que regaña a un joven desarraigado y parricida, más preocupado por mantener el regaño que por la refutación de las ideas. Y es que para el autor inglés, Latinoamérica es el realismo mágico, su literatura es García Márquez, Rulfo, etc. Y ante eso, hay que insistir, hay que promover la unidad. Que no le muevan el esquema. Para él, inglés, blanco, moderno y políticamente correcto y decente, Latinoamérica es una y así debe seguir mientras el mundo sea mundo, frente al enemigo imperial, de quien (ups!) recibe un sueldo por sus servicios en University of Pittsburgh. Al parecer, el neocolonialismo nos quiere unidos. Aludió también a Walter Mignolo, con quien tampoco coincidió, pero de quien no se ocupó, pues éste es bastante académico y, como nadie lo lee, no es un peligro para el latinoamericanismo (cito de memoria). Quién fuera vaca sagrada para decir impunemente semejantes sandeces sin temor a ser condenado al ostracismo.

Por otra parte, la conferencia especial del día siguiente no fue mala. Pero hubiera sido adecuado que la profesora de Berkeley (que no recuerdo su nombre) hubiera dicho “esto es baudrillardiano, esto es foucaultiano”, de la misma manera en que dijo “esto es deleuziano”. Después de tal conferencia, se llegó la hora de la invitación: Mauro Vieira, embaixador do Brasil, tem o prazer de convidar Luís Alberto Lopes Soto para coquetel, dia 9 de junho de 2010, ás 19: 30. Ambigús y champagne (alcohol y gas). Así, balanceando mi día, me especialicé en generalidades y llegó la noche, hora de las malas intenciones, pero pocas oportunidades, hora en que nadie fumó mota ni se alocó.

El resto de los días fueron casi iguales, excepto por la visita guiada a la división hispánica de la Biblioteca del Congreso y sus alrededores: Capitolio, Monumento a Lincoln, Obelisco a Washington y, para variar, Casa Blanca. Cuando uno viaja en plan de turismo académico, no se es ni turista ni académico, pero al menos esa zona anfibia (como la orilla del mar, que no es agua ni arena en un poema de Gorostiza) tiene un efecto mórbido: el contexto artificial de los congresos, que no da pie a la generación de una verdadera amistad, es un espacio vacío, efímero y, por lo mismo, libre de todo peso, dispuesto para conocer aspectos de uno mismo, o para construir conductas nuevas. Yo, por ejemplo, en una insólita noche de antro en compañía de algunos colegas, casi bailo salsa. ¿Habrá algo más mórbido que eso? (Nota: no hay fotos, o eso espero.)

Los últimos serán siempre los últimos. Mi ponencia fue una de las últimas, sólo anterior a una mesa redonda de conclusiones del congreso. Como suele ocurrir, poca asistencia y algo de discusión. Era la primera vez que presentaba mi trabajo de tesis de maestría en forma de ponencia. Leí –salteándome varias partes— 7 cuartillas a espacio sencillo, y apuntando con mi dedo índice de la mano izquierda las dos diapositivas que llevaba preparadas. Fin del tema.

Sábado a las 4 de la tarde y mi avión salía hasta el domingo a las 6 de la mañana. Tenía todavía algunas horas para más o menos conocer algo de la ciudad. Un alma caritativa me conminó a acompañarla durante toda la tarde y en compañía de los anfitriones y demás estudiantes de doctorado de Georgetown fuimos a cenar, no sándwiches, sino comida marroquí. Tenía la idea de que Washington DC era una ciudad meramente administrativa, burocrática, pero al parecer es una ciudad con una vida nocturna bastante intensa. Georgetown se ubica en una zona carísima, nido de yuppies, congresistas y embajadores. Siempre como un outsider morboso, conocí un poco de lo que ignoro en mi rancho: algunos bares, algunos antros. La comunidad homosexual celebraba su Gay Parade y, de hecho, todavía celebraba la reciente aprobación del matrimonio homosexual. Demasiados chicos innecesariamente en tanga y algunas lesbianas se paseaban por la calle repartiendo collares a los transeúntes. A mí no me dieron (ni collares, ni nada, eh). El matrimonio homosexual fomentará el turismo, como lo dijo Marcelo Ebrard. A las 2 de la mañana me fui a dormir al aeropuerto y a esperar mi avión.

De nuevo escala en Houston. Despegamos rumbo a Tucson y, después de casi media hora en el aire, el piloto anunció que regresaríamos al aeropuerto en Houston y que ahí resolverían cualquier pregunta. Previendo una situación de pánico, supongo, la aerolínea no informó cuál era el motivo del regreso. Pero sí, de nuevo fallas mecánicas. Estas cosas lo hacen a uno pensar. Yo pensé en los sándwiches de mi mamá, pues aún traía el empaque en mi maleta. Ya en tierra, y a salvo, esperamos media hora para que la falla fuera mitigada. “Death, be not proud.” (John Donne)

Lo malo de los viajes son la ropa sucia y la memoria rota. Pero yo llegué a México, sabiendo que la cultura de la prevención norteamericana y las oraciones de mi mamá me habían salvado la vida. Llegué enajenado, cínico y feliz de ser un cachorro del Imperio.





*Barrio de los llamados “populares” de la ciudad de Hermosillo, Sonora, México.
**La cuarta acepción de la RAE define gabacho como despectivo de lo francés. Sin embargo, en el dialecto del español-mexicano-sonorense, lo gabacho es un adjetivo para designar a lo norteamericano. Lo gabacho es, pues, lo gringo. Así, también, es común escuchar que la gente se refiera a los Estados Unidos, en tanto que entidad política y espacio geográfico, como “El gabacho”, es decir, como sustantivo, como nombre propio.

Streets of Philadelphia. Crónica de pies helados

Llegué al aeropuerto una tarde nublada, lluviosa, otoñal, en que la ciudad festejaba el triunfo de los Phillies como campeones de la temporada 2009 de la Liga Nacional, avizorándose pronto el torneo de Serie Mundial contra los Yankees*. Son finales de octubre y el tiempo no es nada halagüeño para un ente de poca grasa y mucha ansiedad como yo. MSN Climas me había notificado lo que me esperaba; Google Maps me había ayudado a ubicar el hotel en que me hospedaría por dos noches; y Facebook testimoniaba que, en efecto, quedaría como un provinciano tercermundista en una ciudad enorme y cosmopolita. No es extraño, por lo tanto, que, debido al desayuno en Phoenix y la alebrestada escala en Dallas, haya arribado al aeropuerto con el estómago revuelto y el rostro desencajado, perplejo, ante la pregunta: ¿cómo sobreviviré durante estos tres días?

Con mi deplorable inglés alcancé a darme a entender para pedir un taxi y hacer el check in del hotel. Una vez instalado en la desolada y desoladora habitación 211, y habiéndome puesto esos pantalones térmicos que me salvarían de la hipotermia que me esperaba, salí a la calle en busca de cena o una aventura inconfesable. No hubo aventura, pero sí un (también inconfesable) antojito gringo de 7 dólares. De vuelta al hotel, apoltronado en la cama y dormitando mientras revisaba algunos datos en mi laptop, descubrí que Temple University –la institución convocante del evento en que participaría leyendo una ponencia de la cual no hablaré para no aburrir a nadie— no se hallaba lejos del hotel. Así, la mañana siguiente me ahorraría el taxi y aprovecharía para deambular despistado por algunas calles con el temor de perderme más de la cuenta.

El clima amaneció, como es obvio, frío, y yo me desperté con la conciencia tardía de ser la primera vez en mi vida que amanecía con el frío del Este norteamericano. Fue sólo hasta ese momento que me di cuenta que había cruzado casi de costa a costa la América gringa, que había visto por primera vez aguas del Atlántico y que, si no me alistaba temprano, no alcanzaría el continental breakfast del hotel. Me bañé, me abrigué a más no poder y, cosa rarísima en mí, desayuné apresurado cual niño de hospicio para después salir (cámara al cuello como el turista asalariado que no soy, y maletín en mano como el profesor ñoño que sí soy) a recorrer las calles que vieron nacer al Príncipe del Rap.

Caminé como por 25 minutos, tiempo durante el cual tomé algunas fotografías a edificios y carros, a muros y homeless, a fachadas desenfocadas y parques desangelados por mi torpeza fotográfica y la mala calidad de la cámara que traía conmigo. Sólo porque Dios es grande, y porque la universidad se encuentra en anglosajona calle recta al hotel, no me perdí lo suficiente como para llegar tarde al primer día del evento. Describir la ciudad fraternal ("philos") sería una mera vaguedad: urbanismo eficiente, muchos negros vagos, muchas güeras en shorts en pleno frío (!) y, claro, muchas canchas de basquetbol, como parecía advertir el intro de Fresh Prince, que educó sabia y diligentemente a toda una generación. Diré, además, que fueron sólo tres días y no soy bueno para las descripciones físicas, pero traeré a colación mi primera experiencia con el nombre de la ciudad que me encontraba visitando: recuerdo haber escuchado a los 6 años en aquellas clases de Escuela Dominical (que luego confirmé en mi lectura de la Biblia) que fue Filadelfia la única iglesia del Apocalipsis que termina bien librada cuando Jesús, ya glorificado, viene a pedir cuentas a sus discípulos. De ahí que los fundadores cuáqueros le hayan otorgado tal nombre a su ciudad. En todo esto venía yo pensando cuando, morboso, fotografiaba un pimpeado carro rosa con la leyenda “Opps… I’m outta control!” (?) La relación no podía ser más lógica.
Al llegar al edificio Student Center, lugar donde se llevarían acabo las ponencias, me recibió Kellye, una chica portorriqueña-americana encargada de la logística del evento, quien me entregó mi recibo por 25 dólares, mi gafete, mi fólder, mi pluma, mi programa de mano, mi guía de turistas y mi constancia de participación. Todo lo necesario para el deporte extremo del estudio formal de la literatura. Chequé la hora y auditorio en que leería de mi ponencia. Ubiqué ponencias de mi interés. Saludé cordialmente a los organizadores y a algunos colegas. Fingí interés en algunos de sus intereses de investigación. Saludé a un colega colombiano que había conocido hace tres años en Cincinnati. Al terminar la primera jornada, intercalada por una comida y un paseo por la librería de la universidad, me regresé al hotel, sabedor de que no pasaría nada más ese día, ninguna aventura para escribir, nada. Y así fue.

El segundo día me puse mis pantalones de pana para sobrellevar el frío. Y de nuevo hice el recorrido a pie del hotel a la universidad. El camino me pareció más conocido y hasta amigable. Pude ya reconocer que la Buddhist Association of Philadelphia se encuentra al sur del Taproom y que el edificio de los cienciólogos se ubica frente al centro de convenciones de la ciudad. Leí mi ponencia, a la que afortunadamente asistieron pocas pero espléndidas y/o impresionables personas, pues hasta me felicitaron por 10 cuartillas de sandeces. Conocí a dos estudiantes italianos, que yo torpemente confundí con argentinos, pues su acento no revelaba nada europeo. Habían viajado sólo 45 minutos desde New Jersey y yo había tenido que atravesar todo el país en 24 horas. “¿En qué universidad estudian?”, pregunté. “En Princeton”, contestó él. “A mí me rechazaron de Yale y no hago tanto escándalo”, dije, pendeja y malalechemente, para mí. La chica era muy, muy guapa; el chico… pues era un chico!.. flaco, pelo largo, de lentes, con pantalón de pana como el mío, o sea, yo pero en versión guapa e italiana y con beca de la Ivy League. Pero algo me dice que pronto se quedará calvo. “¿Se la estará tirando?”, me preguntaba con mirada envidiosa desde mi asiento, mientras leía cada uno su respectiva ponencia. Temí que, llegado el tiempo de las preguntas y comentarios por parte del público a los ponentes, mi participación no girara en torno a la novela policial de Borges y de Sábato, sino en torno a algún tema de alcoba. No pregunté nada indiscreto y, en mi fuero interno, concluí que, respecto al ars amandi italiano, nada había claro. La verdad es que los dos chicos fueron excelentes personas conmigo, en específico él. Que yo me dedique a vilipendiarlo en este texto es muestra elocuente de que el karma sí existe y aplica, pues es él quien tiene chica guapa italiana y beca jugosa de la Ivy League, y yo… Por otra parte, como dice el Falso Profeta, de cualquier manera no me iba a ir al cielo :( Al menos en el infierno no pasaré frío.

De vuelta al aeropuerto, tuve que preguntar aquí y allá dónde tomar el tren que me llevaría a la terminal 3B de American Airline cuyo avión me llevaría sin escala alguna a la ciudad de Phoenix, donde un autobús de Tufesa me abrazaría como a mojado devuelto por la migra a la suave patria. Seguía lluvioso y nublado. Me paseé por el campus con mi maletín y mi maleta hasta más o menos ubicar la estación del tren. Una vez en la calle, alcancé a ver a una chica rubia universitaria que también traía consigo una maleta. La seguí, en la espera de que me guiara sin ella saberlo. Se dio cuenta que la seguía y es cuando mi espíritu stalker salió de clóset y tuve que preguntarle si se dirigía también a la estación del tren. Le expliqué que yo no sabía a ciencia cierta dónde se hallaba ésta. Amablemente, me dijo que la siguiera, ahora sí con su permiso. (Debo confesar que eso le quitó la emoción al asunto.) Caminábamos uno tras otro y la lluvia seguía, fría. Sentí ese mismo frío húmedo que sufro siempre en mis articulaciones. Agradecí a la chica su acto de cortesía y, mientras esperaba el tren en esa intemperie desolada que da casi al Atlántico, pensé en ese frío del Este norteamericano que me humedecía los huesos. En una especie de revelación, recordé ese otro frío nocturno que padecí cuando apenas si cruzaba la frontera mexico-americana, mientras venía arrojado sobre ese asiento de la Shuttle Bus; cuando me mensajeaba vía celular con cierta personita tratando de atemperarme y así hallar calidez durante mi viaje; cuando la señal Telcel se convertía en AT&T inmediatamente después de cruzar la línea en Nogales. Supe entonces que, húmedo o seco, no había mucha diferencia substancial entre el frío del Este y del Oeste. Un problema de circulación sanguínea, un frío en el cuerpo o en el alma, que a veces son lo mismo.
*Los Phillies perdieron la Serie Mundial.

Baudrillard sobre Michael Jackson


Michael Jackson es un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto en tanto que universal, la nueva raza después de las razas. Los niños actuales no tienen bloqueo respecto a una sociedad mestiza: es su universo y Michael Jackson prefigura lo que ellos imaginan como un futuro ideal. A lo que hay que añadir que Michael Jackson se ha hecho rehacer la cara, desrizar el pelo, aclarar la piel, en suma, se ha construido minuciosamente: es lo que le convierte en una criatura inocente y pura, en el andrógino artificial de la fábula, que, mejor que Cristo, puede reinar sobre el mundo y reconciliarlo porque es mejor que un niño-dios: un niño-prótesis, un embrión de todas las formas soñadas de mutación que nos libelarían de la raza y del sexo.

(La transparencia del mal, p. 9)

Poemas ardidos (la saga continúa)


Hace ya tres años compartí una serie de textos que titulé poemas ardidos. Gabriel Zaid recupera esta tradición tan lírica y tan viril en Cómo leer en bicicleta (1996), añadiendo su propia versión del mismo motivo. Por mi parte, yo también quise contribuir, mutatis mutandi, con este género que combina de manera visceral esas dos obsesiones ingratas: el amor y la política, en fin… He aquí la muestra que en aquel tiempo, cuando era yo más joven y más bello, posteaba:
Me contaron que estabas enamorada de otro
Y entonces me fui a mi cuarto
Y escribí este artículo contra el Gobierno
Por el que estoy preso.
-Ernesto Cardenal, Epigramas

Me dijiste que amabas a Licinio
Y escribí este epigrama contra César
Por el que voy camino del destierro.
-José Emilio Pacheco, Irás y no volverás

Me dijiste que ya no me querías.
Intenté suicidarme gritando ¡muera el PRI!
Y recibí una ráfaga de invitaciones.
-Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta

Me cortaste despiadadamente
Y ahora andas con otro.
Es por eso que posteo:
¡Pinchis putos cabrones del gobierno!
-Luis Lope, Himno entre ruinas
En una especie de actualización –que en nada refleja mi situación sentimental, así que nadie llame a síntoma tal acto—, decidí añadir otro epigrama de mi autoría a la saga. El título tentativo sería algo así como “Herencia sáfica” o “La porfía de Alceo” y reza así:
Me dijiste que era el hombre perfecto,
Aunque sabemos que la mujer más imperfecta
Tiene más oportunidades de besarte,
Mientras yo escribo que chingue a su madre el Peje.
Y ya.

Ivy League y Los Invasores de Nuevo León

Ser rechazado por una prestigiosa universidad norteamericana es equivalente a no ser correspondido por una mujer tan bella como Mónica Bellucci. Las posibilidades de ser aceptado se antojan tan remotas e improbables que uno se siente tentado a presumirlo y gritarlo a los cuatro vientos como si la respuesta hubiese sido positiva; como si la actriz italiana hubiese sido tan cordial para acceder a una cita en donde uno será –inexorablemente, aunque con muy buenas maneras— mandado al diablo; como si un no no fuese, al fin y al cabo, un no

Siguiendo con tal analogía, cabe resaltar el carácter multitudinario de los ilusos aspirantes que, en el caso de la solicitud de doctorado en este tipo de escuelas, suman alrededor de 9500, de los cuales sólo 450 son los afortunados aceptados. Belluci, conjeturo, no ha de ser menos selectiva a la hora de elegir a su pareja. Frente a esto, toda aspiración es, casi, una mera ilusión, sí, posible aunque difícil. Una beca de 25 000 dólares al año escolar es semejante a las delicias corporales de la mencionada mujer, que bien servirían para sobrevivir, digamos, en el carísimo este norteamericano, específicamente en la región nombrada como Nueva Inglaterra. Harvard, Columbia, Brown, Cornell, Princeton, Darmouth, Pensilvania y, para el caso, Yale, son, así, las grandes divas.

Después de un no diplomático (“As you know, the very high number of extraordinary candidates among our 9,500 applicants far exceeds the number of places we have in each program, and we are not able to admit many excellent candidates” o “lo siento, no puede ser”) vienen las palabras de los amigos que suponen consuelo, ánimo o, por así decirlo, empatía. Se agradece. Lo cierto es que, amén de la comparación con la diva italiana, ser bateado por una universidad elitista es, sencillamente, ser bateado por una mujer bonita. Sirva, pues, el himno del macho chero llorón negado a ser consolado en su pena, y que conste que sirva esto como mera analogía, mero ejercicio de ficción, ¿o no?