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Don de lenguas

Ahí donde hay metáfora, ritmo e imagen, hay también un modelo psíquico, acaso prelógico, de expresión. Como forma peculiar del lenguaje, la poesía no es sino una modelización secundaria (Ingarden), un metalenguaje. Es, en suma, otro lenguaje. Reina de las analogías, la poesía es, no obstante, una estructura de segundo orden. Y como tal —por hablar de la poesía moderna—, esta podría ser el principio de equivalencia (Jakobson) de muchos fenómenos. Este es solo uno de ellos.

El fenómeno es conocido tanto en el cristianismo como en algunas otras religiones y vertientes del esoterismo. En occidente se registra en el libro bíblico de Hechos, capítulo 2:
1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.
2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;
3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.
4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.
5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.
6 Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.
7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?
8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?
9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia,
10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos,
11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
12 Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?
13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.
Como se describe en el pasaje, el creyente adquiere repentinamente la habilidad de orar en lenguas humanas no aprendidas (xenoglosia) y/o en lenguas angelicales (glosolalia), es decir, “lenguas” incomprensibles para el ser humano. Ante la acusación de embriaguez, el cristianismo primitivo atribuyó tal evento al “bautismo en el Espíritu”, corolario del bautismo en agua de Juan el bautista (Mateo 3:11) y como evidencia de la presencia de Dios en el cuerpo. Son abundantes las referencias neotestamentarias al respecto, aunque los cristianos del primer siglo abandonaron la práctica: Dios, en su modalidad o persona de Espíritu Santo, se volvió más bien un concepto y no tanto un “viento recio” o fuego lingüístico. A la postre, los teólogos cristianos acuñaron las nociones de xenoglosia y glosolalia para describir y entender doctrinalmente el éxtasis del llamado don de lenguas. La dispensación del hablar en lenguas, de los milagros, de las profecías, había acabado. Solo se registra muy esporádicamente ya en la secta de Montano, ya en cierto sector de los cuáqueros.

El don de lenguas no reingresó a las iglesias sino hasta principios del siglo XX con el pentecostalismo (el revival de Azusa Street), que dio a su vez lugar al movimiento carismático, el cual tuvo una cierta influencia tanto en la mayoría de denominaciones del protestantismo histórico (luteranos, anglicanos, presbiterianos, bautistas, metodistas et álii), como en el catolicismo, léase catolicismo renovado o llamado “carismático”.

La respuesta racionalista sugiere que hay un trance hipnótico ligero inducido por la autosugestión; que los que hablan en lenguas buscan una regresión a una especie de balbuceo infantil; que se trata de criptomnesia, una especie de memoria oculta y repentinamente exaltada, noción explicada por el psicoanalista Carl Gustav Jung (Babcox 35).

Para la teoría literaria esto es (o debería ser) irrelevante. Lo interesante es cómo la poesía comporta un lenguaje, un metalenguaje que, por analogía o por extensión, da cuenta de una relación dinámica, si bien sutil, con lo sagrado. Una relación ya muchas veces señalada, aunque de vez en cuando revisitada como se puede ver, por ejemplo, a partir de las vanguardias. (Al respecto puede leerse aquí.) Las vanguardias como un nuevo romanticismo que aspira a una inspiración descentrada, una nueva revelación que reactive, frente al pragmatismo burgués y más allá del decadentismo occidental, las fibras del poeta como un místico que “nada sabe” sino del trance de ser un mero canal de “otra voz”.

A propósito de tal canalización, el poeta y ensayista Octavio Paz explica su experiencia al escribir su monumental poema Piedra de sol:
No tenía plan. No sabía lo que quería. Piedra de sol se inició como un automatismo. Las primeras estrofas las escribía como si literalmente alguien me las dictara. Lo más extraño es que los endecasílabos brotaban naturalmente, y que la sintaxis, y aun la lógica, eran arbitrariamente normales. De pronto sobrevino una interrupción. Había escrito unos treinta versos y no pude seguir. Salí al extranjero por dos semanas (…) y a mi regreso, al releer lo escrito, sentí la necesidad de continuar el texto. Volví a escribir con una extraña facilidad, pero en esta ocasión intenté utilizar la corriente verbal y orientarla un poco. Poco a poco el poema se fue haciendo, me fui dando cuenta hacia dónde iba el texto. Fue un caso de colaboración entre lo que llamamos el inconsciente (y que para mí es la verdadera inspiración), y la conciencia crítica racional. A veces triunfaba la segunda, a veces la inspiración. (Santí 108)
El resultado es claramente un texto a un tiempo medido y libre, adentrado en esa visión compleja entre el ciclo del tiempo mítico y la linealidad de la razón moderna. La relación que tuvo Paz con el surrealismo, dijo él mismo, fue meramente tangencial. No practicó la escritura automática a la manera de André Breton. Sin embargo, cabe señalar ese substrato psíquico-lingüístico que busca la consecución de sonidos, vocablos, más que de temas y sentidos referenciales. Algo así como una respiración vital que construye una
“mantrificación” en el alma del poeta, al mismo tiempo que obnubila los contenidos del poema, le presta un significado mayor: el de ser un conjunto de sonidos casi asignificantes, como una oración que transforma el hombre que la recita o lee y, así, la reescribe, más y más inserto en un timing recurrente. Un ritual verbal interno a los significados, de iniciación a una dimensión tanto poética como religiosa. (Costa 90)
Una poesía que es asimismo una vía de acceso, una invocación ciega a la nada concreta de la página en blanco. Ahí donde el lenguaje referencial, la sintaxis lógica y la semántica son suspendidos, descentrados, o, más aun, violados, ahí queda sin embargo una estructura inmarcesible. Así como la gracia irresistible de san Agustín, el lenguaje es ya un don irresistible que hemos configurado incluso para clausularlo como en la figura de Vicente Huidobro, un vanguardista anterior a Paz, quien plantea un agotamiento de las referencias semánticas en el canto VII, al final de su poema Altazor:
Al aia aia
ia ia ia aia ui
Tralalí
Lali lalá
Aruaru
urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario
lalilá
Monlutrella monluztrella
lalolú
Montresol y mandotrina
Ai ai
Montesur en lasurido
Montesol
Lusponsedo solinario
Aururaro ulisamento lalilá
Ylarca murllonía
Hormajauma marijauda
Mitradente
Mitrapausa
Mitralonga
Matrisola
matriola
Olamina olasica lalilá
Isonauta
Olandera uruaro
Ia ia campanuso compasedo
Tralalá
Aí ai mareciente y eternauta
Redontella tallerendo lucenario
Ia ia
Laribamba
Larimbambamplanerella
Laribambamositerella
Leiramombaririlanla
lirilam
Ai i a
Temporía
Ai ai aia
Ululayu
lulayu
layu yu
Ululayu
ulayu
ayu yu
Lunatando
Sensorida e infimento
Ululayo ululamento
Plegasuena
Cantasorio ululaciente
Oraneva yu yu yo
Tempovío
Infilero e infinauta zurrosía
Jaurinario ururayú
Montañendo oraranía
Arorasía ululacente
Semperiva
ivarisa tarirá
Campanudio lalalí
Auriciento auronida
Lalalí
Io ia
iiio
Ai a i a a i i i i o ia
Si, como quería Huidobro, el poeta es un pequeño Dios, un creador, entonces ese don de lenguas otrora sagrado y ritual se ha desprendido de un núcleo simbólico para multiplicarse según la vocación retórica de cada sujeto lírico. En algún punto de la conciencia occidental el don de lenguas se ha vuelto un ejercicio centrífugo sin renunciar por ello a su carácter enunciativo, que dice sin decir, que dice más bien lo que alude y que refleja —como una intermitencia entre la pulsión de conciencia e inconsciencia— un fluido sin fuente (el lenguaje es demiurgo a la vez que creación) y que impide, sin embargo, renunciar a lo inefable.

Obras citadas


Babcox, Neil. En busca de la realidad carismática. Puebla: Ediciones las Américas, 1987.
Santí, Enrico Mario. El acto de las palabras. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997.
Costa, Horácio. “Piedra de sol: el título”. Cuadernos Americanos 26 (1991): 83-97.
Huidobro, Vicente. Altazor o el viaje en paracaídas. 2da. edición. Madrid: Petrópolis, 2010.

Cachorro del Imperio


Salí de la Ley 57* rumbo al centro de operaciones del Imperio. Ante la pregunta de un vecino que me vio salir con maleta y maletín, sólo contesté en tono coloquial: “Al gabacho”**. Unos meses antes había enviado el resumen de mi ponencia a los organizadores del XXXVIII Congreso Internacional Independencias: memoria y futuro. La sede de este año sería Georgetown University, en Washington DC. No estaba muy esperanzado en que fueran a aceptar mi trabajo: a) no estoy afiliado al Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, que, desde 1939, publica la Revista Iberoamericana; b) debido a nuestras cursilerías nacionalistas, el tema sería las independencias latinoamericanas y mi propuesta era un análisis cuasiformalista de Piedra de sol de Octavio Paz. Realizado cada dos años a lo largo y ancho de las Américas, este evento no sería la excepción. La multitud de latinoamericanistas se apresuraría, supongo, a enviar sus ponencias sesudas cuanto comprometidas con tal remembranza continental. Con todo, y para mi sorpresa, mi propuesta fue aceptada. Desde ese momento inicié la ruta crítica de los preparativos, hasta que saliendo de mi casa sentí que me olvidaba algo: persignarme. Pero a la vez recordé que mi tradición religiosa no era la católica sino la protestante, herencia del Imperio. Fui a la cocina, donde mi mamá, después de darme los dos sándwiches que había preparado para mí, hizo, cerrados los ojos, una oración en voz alta por mí y por mi viaje. Nunca se sabe los peligros a los que uno se expone: una bala perdida del narco, un avionazo, un disco de Joaquín Sabina, etc.

Si hay algo desolado, eso son los aeropuertos durante la madrugada. Dan la sensación, como se dice, de que han pasado los apaches. Es, sin embargo, una desolación ordenada, tecnificada, dispuesta en un orden que promueve la eficaz movilidad del ciudadano. Es ahí, en un paisaje desolador como el del aeropuerto de Tucson (AZ), donde, haciendo a un lado los códigos no escritos por la civilidad, pude dormitar y comer uno de mis benditos o bendecidos sándwiches. Semiacostado, padeciendo la irrealidad de un cuerpo desvelado, pensaba yo en las posibilidades de la vigilia, el hastío, la angustia domesticada, hasta que llegó el momento del paroxismo: el pase de abordar, la revisión, la ID, los rayos X sobre el equipaje, la mirada vigilante de los oficiales de seguridad, la pasarela de los pilotos y las azafatas con sus maletas idénticas y sus uniformes impecablemente planchados, antes de emprender el vuelo.

La escala sería en Houston (TX), aeropuerto George Bush, en cuyas enormes salas de espera se dejaría ver, ya no la desolación, sino la viva multitud cotidiana, prendida de su celular, ensimismada en la lectura de una novela rosa o un thriller, conectada al wireless, distraída abúlicamente con el diario local. Todos, niños, jóvenes o viejos, haciendo algo mientras esperaban. La salas de espera son un estado de confort, un confort que, no obstante, colinda con el tedio. Ni confortado ni en el tedio, yo, por mi parte, esperaba mientras esperaba. Y así, esperaba esperando cuando llega la hora de subir al segundo avión de mi viaje. “Mechanical problems” alcancé a distinguir del distorsionado sonido de la cabina de mando. Inmediatamente el piloto nos giró instrucciones para que descendiéramos. La tripulación, civilizada y como acostumbrada a semejantes hechos imprevistos, empezó a bajar su equipaje y a desalojar el avión. Me uní al pasillo mesurado de viajeros; me uní fingiendo familiaridad con tal incidente, para después pensar que esas cosas lo hacen a uno pensar. Y lentamente, mientras aguardábamos una hora para que nos cambiaran de avión, me puse a comerme mi otro sándwich.

Tuve suerte de que el aeropuerto Ronald Reagan no se hallara muy lejos de la universidad. Rostro desfigurado y pelo grasoso por tanto viaje, bajé del avión, atravesé todo el aeropuerto con el Crucificado en la boca por el miedo a ser interpelado como a indocumentado salvadoreño; tomé un taxi cuyo conductor era un jamaiquino con un inglés rarísimo que, como los demás taxistas que conocí (haitianos, somalíes, sudaneses), no paró de hablar por celular –manos libres, por supuesto. Tuve, además, la suerte de alojarme, por una cuota baratísima, en la misma universidad, en una de tantas residencias que ofrece Georgetown a sus estudiantes. Al llegar a ésta, asomándome por la ventana del taxi, me hallé a mí mismo despistado y atolondrado por el orden estético de las calles y los edificios del campus, en donde ya había un grupo de estudiantes de pregrado sentados ante una mesa, recibiendo a los ponentes del congreso que habrían de hospedarse: tomé mis llaves y mi tarjeta de acceso, subí por el elevador y, siendo las 9 de la noche, me quedé dormido mientras divagaba sobre el ritual de cordialidad que me aguardaba el día de mañana, cuando tenía que acudir a la mesa de registro y tanto formal como realmente comprobar que, como más de 250 ponentes, había llegado vivo a ese mecanismo de validación académica que con bastante pompa se designa con el término congreso.

Comida en libras en el restaurante buffet Epicurean. Mi desayuno pesó el equivalente a 8 dólares, de los cuales consumí tal vez sólo 5. La cajera salvadoreña que me atendió se extrañó de que yo fuera mexicano: mi acento y mi tez pálida-amarilla. Lo tomé con cierto alivio, no por racismo o desarraigo de mi parte. No. Que se entienda: mi patria son dos caderas amplias y punto. Comí como quien oye llover: sin pensar, viendo lo que como, oyendo lo que como. Terminando, apresurado, me registré y confirmé en el programa que mi ponencia ocupaba un lugar en la última mesa del evento. Era miércoles y me tocaría leer hasta el sábado a las 13: 00 P.M. Mi mesa de presentación y discusión estaba enteramente dedicada a Octavio Paz. Ya conocía a los colegas que participarían antes y después de mí: también mexicanos, también pazianos, también por primera vez en el evento de IILI. Eché una ojeada al programa, que abundaba en ponencias sobre Roberto Bolaño, literatura colonial y decimonónica. No hubo tantos estudios de género-lésbico-queer-esquimales y demás anal studies, como se podría esperar. La tradición de IILI y la Revista Iberoamericana siempre ha estado más vinculada a los estudios sociologizantes y de cierta izquierda medianamente conservadora, y no tanto a las modas académicas californianas y de supuesta avanzada. Sólo eso explica cómo Gerald Martin, el primer conferencista especial al final de la primera jornada y autor de una biografía de García Márquez que Enrique Krauze criticó fuertemente, sólo se dedicó a proclamar su condición de dinosaurio. Sardónico, textualmente dijo “soy un dinosaurio”, en alusión al reciente libro de Jorge Volpi (El insomnio de Bolívar), para quien la idea de Latinoamérica, la idea de una literatura latinoamericana no es sino una idea romántica, una quimera política. Eso irritó a Martin, quien sólo se dedicó a citar a Volpi, sin argumentar nada, como un viejo que regaña a un joven desarraigado y parricida, más preocupado por mantener el regaño que por la refutación de las ideas. Y es que para el autor inglés, Latinoamérica es el realismo mágico, su literatura es García Márquez, Rulfo, etc. Y ante eso, hay que insistir, hay que promover la unidad. Que no le muevan el esquema. Para él, inglés, blanco, moderno y políticamente correcto y decente, Latinoamérica es una y así debe seguir mientras el mundo sea mundo, frente al enemigo imperial, de quien (ups!) recibe un sueldo por sus servicios en University of Pittsburgh. Al parecer, el neocolonialismo nos quiere unidos. Aludió también a Walter Mignolo, con quien tampoco coincidió, pero de quien no se ocupó, pues éste es bastante académico y, como nadie lo lee, no es un peligro para el latinoamericanismo (cito de memoria). Quién fuera vaca sagrada para decir impunemente semejantes sandeces sin temor a ser condenado al ostracismo.

Por otra parte, la conferencia especial del día siguiente no fue mala. Pero hubiera sido adecuado que la profesora de Berkeley (que no recuerdo su nombre) hubiera dicho “esto es baudrillardiano, esto es foucaultiano”, de la misma manera en que dijo “esto es deleuziano”. Después de tal conferencia, se llegó la hora de la invitación: Mauro Vieira, embaixador do Brasil, tem o prazer de convidar Luís Alberto Lopes Soto para coquetel, dia 9 de junho de 2010, ás 19: 30. Ambigús y champagne (alcohol y gas). Así, balanceando mi día, me especialicé en generalidades y llegó la noche, hora de las malas intenciones, pero pocas oportunidades, hora en que nadie fumó mota ni se alocó.

El resto de los días fueron casi iguales, excepto por la visita guiada a la división hispánica de la Biblioteca del Congreso y sus alrededores: Capitolio, Monumento a Lincoln, Obelisco a Washington y, para variar, Casa Blanca. Cuando uno viaja en plan de turismo académico, no se es ni turista ni académico, pero al menos esa zona anfibia (como la orilla del mar, que no es agua ni arena en un poema de Gorostiza) tiene un efecto mórbido: el contexto artificial de los congresos, que no da pie a la generación de una verdadera amistad, es un espacio vacío, efímero y, por lo mismo, libre de todo peso, dispuesto para conocer aspectos de uno mismo, o para construir conductas nuevas. Yo, por ejemplo, en una insólita noche de antro en compañía de algunos colegas, casi bailo salsa. ¿Habrá algo más mórbido que eso? (Nota: no hay fotos, o eso espero.)

Los últimos serán siempre los últimos. Mi ponencia fue una de las últimas, sólo anterior a una mesa redonda de conclusiones del congreso. Como suele ocurrir, poca asistencia y algo de discusión. Era la primera vez que presentaba mi trabajo de tesis de maestría en forma de ponencia. Leí –salteándome varias partes— 7 cuartillas a espacio sencillo, y apuntando con mi dedo índice de la mano izquierda las dos diapositivas que llevaba preparadas. Fin del tema.

Sábado a las 4 de la tarde y mi avión salía hasta el domingo a las 6 de la mañana. Tenía todavía algunas horas para más o menos conocer algo de la ciudad. Un alma caritativa me conminó a acompañarla durante toda la tarde y en compañía de los anfitriones y demás estudiantes de doctorado de Georgetown fuimos a cenar, no sándwiches, sino comida marroquí. Tenía la idea de que Washington DC era una ciudad meramente administrativa, burocrática, pero al parecer es una ciudad con una vida nocturna bastante intensa. Georgetown se ubica en una zona carísima, nido de yuppies, congresistas y embajadores. Siempre como un outsider morboso, conocí un poco de lo que ignoro en mi rancho: algunos bares, algunos antros. La comunidad homosexual celebraba su Gay Parade y, de hecho, todavía celebraba la reciente aprobación del matrimonio homosexual. Demasiados chicos innecesariamente en tanga y algunas lesbianas se paseaban por la calle repartiendo collares a los transeúntes. A mí no me dieron (ni collares, ni nada, eh). El matrimonio homosexual fomentará el turismo, como lo dijo Marcelo Ebrard. A las 2 de la mañana me fui a dormir al aeropuerto y a esperar mi avión.

De nuevo escala en Houston. Despegamos rumbo a Tucson y, después de casi media hora en el aire, el piloto anunció que regresaríamos al aeropuerto en Houston y que ahí resolverían cualquier pregunta. Previendo una situación de pánico, supongo, la aerolínea no informó cuál era el motivo del regreso. Pero sí, de nuevo fallas mecánicas. Estas cosas lo hacen a uno pensar. Yo pensé en los sándwiches de mi mamá, pues aún traía el empaque en mi maleta. Ya en tierra, y a salvo, esperamos media hora para que la falla fuera mitigada. “Death, be not proud.” (John Donne)

Lo malo de los viajes son la ropa sucia y la memoria rota. Pero yo llegué a México, sabiendo que la cultura de la prevención norteamericana y las oraciones de mi mamá me habían salvado la vida. Llegué enajenado, cínico y feliz de ser un cachorro del Imperio.





*Barrio de los llamados “populares” de la ciudad de Hermosillo, Sonora, México.
**La cuarta acepción de la RAE define gabacho como despectivo de lo francés. Sin embargo, en el dialecto del español-mexicano-sonorense, lo gabacho es un adjetivo para designar a lo norteamericano. Lo gabacho es, pues, lo gringo. Así, también, es común escuchar que la gente se refiera a los Estados Unidos, en tanto que entidad política y espacio geográfico, como “El gabacho”, es decir, como sustantivo, como nombre propio.

Lexington

Hasta hace poco tiempo, sólo me recordaba a la transnacional que nos provee de pollos fritos. Poco después, me enteré que es la meca de las carreras de caballos y que fue la cuna de Johnny Depp y del bluegrass. Hablo del estado norteamericano, Kentucky, cuya traducción de su capital (Louisville = villa de Luis) me despertó una sonrisa tan pueril como insulsa.
Ubicada quién sabe por qué demonios no en la capital sino en una ciudad llamada Lexington, la University of Kentucky tiene desde 1948 realizando su conferencia anual sobre lengua y literatura extranjeras. Cierto gigantismo académico ha llevado a los organizadores a reunir en esta sexagésima (¿así se dice?) versión a más de 300 ponentes –uno de los cuales soy yo. Parafraseando a Groucho Marx, ¿qué tipo de club es ése?* Tal vez para levantar el rating, se dice que todos los profesores de lengua y literatura en EUA asisten cada año a este evento. Todos, excepto Carlos Pacheco. Bueno, todos.
Desde estudios arábigos, francés y estudios francófonos, alemán y suizo, estudios eslavos, estudios luso-brasileños y, por supuesto, lingüística y literatura hispánica, que es donde me cuelo yo, los trabajos ahí presentados son toda una pasarela de mierda académica: victimistas a tono con el postcolonialismo, feministas ávidas de testosterona sublimada, queeristas en busca de una residencia en Detroit, Michigan… todas las flores del jardín de la corrección política. Tampoco faltarán los apóstatas que, a escondidas, leen los artículos de Vargas Llosa y se dan de golpes de pecho a la luz de Chomsky o el sub Marcos, ese patriarca imprescindible de las letras latinoamericanas.
Así, con Chomsky y Vargas Llosa a mis lados, pasaré inocuo, único sabedor de que soy un Octavio Paz freak, que peso 50 kilos y que me gustan los Invasores de Nuevo León. Desapercibido como un indígena que se pasea por la Europa del siglo XVII, confieso que, en vez de ir a un table o a un suburbio a conseguir hierba a mitad de la noche, durante los tres días escucharé atentamente las ponencias y, como el ñoño que soy, ensayaré la mía antes de leerla, en la espera vana de que alguien pregunte algún dato prescindible, al que contestaré orgulloso como si hubiese resuelto el hambre en el Tercer Mundo.

Se oye innecesariamente fantoche decir que soy el único profesor proveniente de una universidad mexicana o latinoamericana que presenta una investigación este año en tal evento, pero así es. Supongo que si lo escribo aquí, creerán que lo soy. Lo que no diré, aunque sea en mi defensa, es que, de los más de 300 ponentes, nadie tendrá un inglés más nefasto que el mío. Como si fuese un misionero mormón, ya me visualizo medio articulando frases clichés a la hora de solicitar mi cuenta en el hotel o pedir un taxi, cuyo chofer es un negro de inglés a un tiempo musical e incomprensible. Yo creo que es aburrido, pero me visualizo como ahora: blogueando en esta misma laptop, mientras mis colegas afuera se divierten tomando vino tinto y mentándole la madre a Bush. Por mi parte, escucharé a los Invasores de Nuevo León, of course!, y antes de dormir leeré la Biblia que piadosamente los Gedeones dejaron para mí en el tocador del cuarto del hotel.
A diferencia del año pasado cuyo destino era Cincinnati, Ohio, este año no invitaré a nadie a mi viaje. No pretenderé ser alivianado ni llevarlos conmigo, pues, como se sabe, los veré aquí. No irá el Dino Trajeado ni el pinchi Smooth. (¿Cómo será un viaje con el salaverga?)
Salgo este martes 17 de abril a la concurrida ciudad de Phoenix, o sea, Sonora pero limpio y con más comercios. De ahí volaré a Dallas (sin albur) para después dirigirme a Lexington, Kentucky, un estado norteamericano que felizmente me ignora.

*"Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera a alguien como yo". -Groucho Marx