Hoja de vida

Ahora que soy maestro en literatura hispanoamericana y que me ha hecho justicia la globalización. Ahora que, grado en mano, comparto mi tiempo de profesor entre mi alma mater y conocida escuela privada cuyos alumnos pagan en una mensualidad lo que yo gano en todo un semestre. Ahora que me he graduado después de diecinueve años de educación pública, gratuita y laica. Ahora que no tengo tiempo para la escritura. Ahora que no puedo perder el tiempo con el bloguetariado, me da nostalgia al recordar cuando –hace años y siendo yo más joven y más bello— conocida franquicia refresquera me ocupó para fungir, por unos cuantos pesos, como famoso personaje bonachón.

Aprobado por inanidad

Mi amigo Pepe escribió una breve y encomiástica crónica de mi examen profesional. Para que no se diga que yo mismo me elogio, los invito a que lean cómo él lo hace por mí. Después de todo, como dijo el cínico, "yo soy muy humilde y lo digo con orgullo". (Update: Me gustaría hacer mención honorífica a Fene, sin cuya laptop mi presentación no hubiera sido posible. Gracias totales, Fene.)

Habemus magistrum!

El pasado 27 de septiembre se cumplieron 50 años de la publicación de Piedra de sol de Octavio Paz. En una suerte numerológica, sin haberlo premeditado (¡lo juro por la peluca de Andy Warhol!), ese mismo día hice entrega de mi tesis de maestría para ser leída, comentada y corregida por los sinodales. Me enteré de la coincidencia al levantarme a las diez de la madrugada y revisar en línea El Universal, en donde aparecía una nota al respecto. (Nunca le había prestado cuidado a la fecha anotada en el colofón de la copia de la primera edición de sólo 300 ejemplares, hoy inhallable, que obtuve en la onerosa biblioteca de la Universidad de Arizona.)
En mi trabajo abordo –y he aquí el hado desatado— el mencionado poema de Paz. De una forma aburrida y poco interesante, expongo dos o tres perogrulladas y sandeces. De 1957 a 2007, tenemos toda una pléyade de bibliografía (artículos, tesis, libros), así que el panorama no pinta como para uno aspire a la originalidad. Piedra de sol es, entre otras cosas, un poema de 584 versos endecasílabos, número idéntico a los días del calendario azteca, calendario venusino, cuyo título es homónimo del monolito que hoy se encuentra en el Museo Nacional de Antropología e Historia.
Este martes de 11 de diciembre –en la víspera del día de la Lupita más querida por los mexicanos, a las 12 p.m. en las instalaciones de la universidad patito en donde presto (o casi regalo) mis servicios—, presento mi examen profesional, en la espera de un dictamen aprobatorio y ser nombrado, según esto, “Maestro” en Literatura Hispanoamericana.
Si se quieren aburrir y perder una hora de su vida, vayan todos.

Historia de un video

En el siglo XIX, la literatura indianista se dedicó a idealizarlos atribuyéndoles ciertas virtudes cristianas muy ajenas a sus horizontes culturales. Para el sector marxista del indigenismo, fueron un pretexto en la confirmación de la noción de proletariado. El neoindigenismo ha procurado, por su parte, insuflar un aura poética que los convierte en seres tan sofisticados y exóticos hasta para sí mismos. Son los indígenas. Grupos raciales y culturales que son, sin duda, diferentes a nosotros, los mestizos occidentales, pero que tampoco lo son tanto como para ningunearlos con nuestra indiferencia o con nuestra lisonja.
No pretendo abogar por una recuperación de los valores estéticos o culturales del mundo indígena. Empresa que, como todas las utopías, resulta más bien de un espíritu reaccionario. El término indígena es una mera generalización construida por criollos y mestizos para uniformar todo un espectro, que termina por reducirse a nuestras categorías. Eso explica por qué los indígenas tzotziles, quechuas, mayas, triquis, tojolobales, por decir sólo algunos, no se reconocen entre sí.
Lejos de mí está el navegar con alguna bandera indianista, indigenista o neoindigenista. Mi afición por el folklore musical latinoamericano (y en lo específico, el andino) es más bien burguesa, snobista: no reivindico sino mi individual y legítimo derecho al gusto. Mi snobismo es, creo, directamente proporcional al respeto, que por supuesto no es lo mismo que idealización o fanatismo.
Hace ya más de tres años, cuando dedicaba más tiempo a la ejecución de algunos instrumentos musicales folklóricos, descargué el mini-documental sobre la Sinfónica Andina Infantil de Ayora (SAIA) que aquí les invito a ver en dos partes. Al poco tiempo, la página que lo suscribía dejó de estar habilitada. En un accidente informático, perdí el archivo. Lo había guardado en un disco, que también perdí. Esperanzado, escribí pidiendo aquí y allá que me enviaran el video. Jamás recibí contestación. En una de esas pocas limpias a mis papeles, encontré el disco. Decidí subir el video a YouTube, sabedor de que no se encontraba ya en línea. Es irónico que, semanas después, se me enviara a mi correo el enlace al video ¡que yo mismo había subido!
No cambiaría radicalmente el rumbo de las comunidades indígenas de Ayora, Ecuador, pero sí preservaría un documento electrónico sobre el proyecto formativo que, tal vez modesto y en potencia, construye más y mejor que todas las revoluciones o rebeliones armadas. La SAIA es auspiciada, en parte, por La Federación de Organizaciones Populares de Ayora-Cayambe (UNOPAC) que, supongo, se distingue en mucho de la APPO y del EZLN. La SAIA no es el manifiesto de una reivindicación étnica. Es sólo un principio de socialización y apertura. La música que los niños ejecutan dista de ser prehispánica o indígena en el más estricto sentido del término. Es, pues, música mestiza. La SAIA “recupera” la zampoña, la quena, el charango y añade, por supuesto, el solfeo y el violín. Como producto del Convenio Andrés Bello, este proyecto no es sino una forma más de procurar la siempre postergada educación. A menos que se crea en la siempre recurrida demagogia, la justicia social no puede venir por decreto presidencial.

Toccata y fuga


I. Toccata: sindicalismo para principiantes

Tengo un amigo que, después de terminar su carrera de economía, decidió que lo suyo era la música. “Me gustó cuando vimos el marxismo, pero ya cuando empezaron con el rollo de cómo se forman las empresas y todo eso… ya no me atrajo”, me confesó. Simpatizante de la izquierda, alterno y bohemio, se ha dedicado a tocar en calles, camiones, etcétera. Hace poco, su banda obtuvo un contrato por un año para tocar en un hotel del próspero y turístico Puerto Peñasco (Son.).
Indignado, me platicaba que, en plena tocada, un sujeto –inspirado en el temple de Napoleón Urrutia, supongo— se le acerca para pedirles la cuota que cada uno de los integrantes del grupo debía pagar si querían tocar en un lugar cerrado. Le molestó su tono autoritario y, sobre todo, su frustración se debió a que él no entendía cómo funcionaba un sindicato como el que representaba aquel tipo.
Me vi en la necesidad pedante de ser fiel a mi instinto profesoril. Le expliqué (como un luterano exponiendo la doctrina de la virginidad perpetua de María a un católico despistado) cuál es la función de un sindicato. Aunque traicionando mis perspectivas políticas y económicas, le dije por qué le “convenía” cubrir esa cuota. Apelé a la satanización de la patronal, el espíritu de solidaridad gremial, la potencial explotación y violación de sus derechos laborales, etcétera. Sólo me dijo: “Pero si el dueño nos paga muy bien y no hemos tenido ningún problema… ¿para qué tanto rollo?"

II. Fuga: 0 euros versus 17 650 dólares

Dos colegas míos fueron aceptados por una universidad española para estudiar un doctorado. La Universidad Autónoma de Madrid les envió una carta escrita en Word notificándoles la noticia. Viene entonces la ruta crítica de trámites migratorios y de becas. Pero no hay visa estudiantil hasta no haber beca. La susodicha universidad no ofrece nada. Conacyt había cerrado su convocatoria y la serie de documentos requeridos apabullan hasta la paciencia de Job. Al parecer, no será posible la inscripción este año.
Pero no contaban con la astucia imperialista. Un representante del comité de estudios hispánicos de Washington University anduvo buscando recomendados, es decir, buenos candidatos para estudiar el doctorado en Literatura Hispánica que ofrece tal universidad. Un ex-profesor de mis colegas tuvo a bien hablarle de ellos. Al saberlo, éstos escribieron pidiendo la información necesaria. En menos de un mes, llega desde St. Louis, Missouri, un sobre con una pléyade de trípticos sobre la ciudad, la universidad, un libro de 300 páginas sobre los programas doctorales del Departamento de Ciencias y Artes, el formato de aplicación, una carta personalizada explicando detalladamente todo el proceso e incluye también el sobre de correo que habrá de enviarse. Se les notifica, además, que, en caso de ser aceptados, recibirían un total de 17 650 dólares al año escolar.