"La verga es la medida de todas las cosas."
-Yoquita Barreras
Después de los afanes del espíritu, quedan las veleidades del cuerpo, sus accidentes, sus múltiples combinaciones, la materia en toda su irrefutabilidad. Queda esa construcción humanista tan médicamente descrita en lo que llamamos sexo. Es esta la era del sexo y su representación (el porno), es decir, su caricatura, su límite, su versión más extática. No la diferencia de género, no la substancia biológica, no un estatus ontológico, sino una operación, una relación, la relación corporal que hemos asimilado como práctica de adaptación social y como señuelo contra el aburrimiento. Ya no es más el instinto o la reproducción, la perpetuación de la especie, ni los intereses de clase vinculados al lecho marital, a la alcoba que permitía el florecimiento de los secretos como verdades máximas e íntimas. No más intimidad de la pareja, sino mero espacio intersubjetivo vivido modélicamente a partir de los discursos e hipertextos que discurren desmesuradamente acerca del coito. En la actualidad no se copula, no se cumple con el deber marital o de pareja: se tienen relaciones sexuales. El sexo no es más un arte, una estética, un ademán erotizante. Es una técnica auspiciada por la ciencia médica y la industria cuyos mecanismos buscan reforzar y maximizar la experiencia sensual. El cuerpo como una máquina, como un capital; el sexo como un circulante inagotable.
Obligados por esta nueva moral, estamos condenados: ¡ten sexo o muere! Ante tal consigna, podría conjeturarse una crítica de esta razón sexual, si tan sólo pudiéramos despabilarnos de la verdad copiosa y transparente que nos propone la imagen de un culo depilado. No es que la verdad no se hallara en la filosofía o en la teología, o en la ciencia. No es que la política no planteara algunos hallazgos interesantes. (Y es que, a decir del sospechosismo ideológico, todo es político, y de lo cual se puede inferir que nada lo es.) No es que hallamos descubierto la verdad en el sexo; no es siquiera que exista una verdad sobre el sexo; es que, sobre las ruinas de los grandes temas, hemos construido nuestra verdad del sexo, o quizá, como plantea Freud, siempre ha estado ahí, latente, fundante, en el vacío de nuestras utopías. Callar la verdad del sexo sería una especie de pecado contemporáneo.
En el cuento “La forma de la espada” Jorge Luis Borges describe a John Vincent Moon, un joven guerrillero, marxista, idealista y dogmático. El narrador afirma: “Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico.” Siempre se puede ir más allá de Marx. Así también se puede ir más allá de Freud y cuestionar por qué todo quedaría reducido a un sórdido y pedestre conflicto con el padre que desemboca en una constante sublimación y proyección libidinal. No es que todo sea sexo, es que todo se ha sexuado. No es que todo sea mercancía, es que todo se ha mercantilizado. Más que apostarle a la substancia trascendente del sujeto, el sexo y la mercancía producen algo mejor: la ilusión de una substancia producida en el trajín de los cuerpos, en la dialéctica siempre tensa entre lo socialmente aceptado y lo prohibido, el tabú gastado a fuerza de uso, el morbo y su explicitación.
En la expresión actual de fenómenos sexuales, todo se convierte en una serie de signos opacos que redundan por hastío y por sobreproducción en la mera transparencia. Nada hay que ocultar, no hay nada que decir, pues todo está ahí: el cuerpo, el coito, el orgasmo, las posiciones adecuadas, la sensualidad desbordante, el porno. Reducir la historia universal a un sórdido asunto de alcoba es una buena broma. Sin embargo, tal hipótesis –la hipótesis de una sociedad que ha hecho del instinto reproductivo una recreación placentera e industriosa— no debería desecharse como un síntoma del estado de la cultura occidental tras la proliferación de los discursos liberadores.
Fue el entomólogo Alfred Charles Kinsey (1894-1956) quien, con actitud taxonómica, se lanzó a la empresa de documentar las prácticas sexuales cotidianas de un sector de la sociedad norteamericana. En un afán descriptivo, hombres y mujeres fueron entrevistados con el fin de que un equipo de académicos conociera sus gustos y preferencias a la hora en que las normas sociales no alcanzan. Así, la investigación empírica se hizo a través de la recopilación de datos, preguntas y respuestas que buscaban indagar eso íntimo que se pasea, a veces, por lo raro, lo pervertido, lo desviado y toda una gama variopinta de fijaciones: travestidos, fetichistas, voyeuristas, etcétera. Todo esto dio como resultado el Informe Kinsey y su famosa Escala, que describe cierto estándar de conductas para determinar los grados en la orientación sexual.
La conclusión de Kinsey es que la sexualidad es un continuum que hemos enfrascado en las categorías médicas de heterosexual, homosexual y bisexual. Nada esencialmente nuevo a lo ya implicado en Freud. Sin embargo, es el carácter masivo, dispuesto a develar los secretos de una colectividad, lo que hace de su trabajo un aporte importante y sintomático de la nueva forma de asimilar socialmente la dinámica del deseo, los deseos. No es, pues, que Kinsey haya descubierto que los individuos gastan su libido de forma insospechada en prácticas inusuales o consideradas marginales o patológicas, sino que es su ademán cientificista el que le da al sexo una legitimidad para devenir a la postre un asunto de mercado a través del mecanismo de validación institucional como es el reporte científico. No es, pues, Kinsey un liberador, pues no hay nada que liberar, excepto el discurso del sexo, su representación verbal, el habla, la peculiaridad que se ha convertido en toda una lengua, es decir, en todo un sistema comunicativo.
El logro de Kinsey es más simbólico que científico: hacer hablar a los individuos y dejarnos ver, más allá del dato duro, la voluntad tranquilizadora, de fuerza centrípeta con la que los actos dispersos y heteróclitos son llevados hacia al centro. Es esto una válvula de escape por donde se cuelan todas aquellas prácticas lujuriosas y/o subliminares, siendo así llamadas al orden. Se busca hablar sobre el sexo para expurgarlo, aunque se diga que es para conocerlo, verificarlo y decir con ello: “sí, el sexo es verdad.” Tal vez más que reacción frente a la noción de pecado y culpa, la sexualidad actual es (así como la guerra respecto a la política) la continuación de la moral por otros medios. El pecado está ahí, sólo hay que confesarlo, domesticarlo, e incorporarlo a la vida productiva, pues ésta depende, en gran medida según los sexólogos, del “buen sexo”.
Una tesis análoga o similar se halla en Michel Foucault, quien llamó a esto hipótesis discursiva, argumentando que fue a través de la confesión cristiana que las sociedades occidentales orientaron el comportamiento sexual, no para reprimirlo, sino más bien para regularlo, hacerlo verdadero, otorgarle un estatus dentro del universo inteligible de los saberes occidentales. El género discursivo de la confesión, proveniente desde San Agustín, se articula en la coyuntura moderna de la institucionalización del Estado y sus redes de coerción. Por otra parte, la hipótesis represiva sería una especie de leyenda negra acerca del cristianismo y que se resume en la idea de que no ha sido hasta el siglo XX que la sexualidad –ayudada por el psicoanálisis freudiano— se libera del núcleo rector de la religión, la moral puritana, etcétera. Según esta hipótesis, hemos desenmascarado al sexo, llegado a la esencia del deseo; hemos sido conscientes de la dualidad instinto-cultura. Al fin el deseo, al fin el placer, al fin el instinto perdido antes de la cultura.
Sea una u otra, y en el balance de estas dos hipótesis, tenemos hoy un escenario en donde la represión es más bien seductora y donde, sobre todo, es el discurso del sexo el que se ha liberado con el fin de representarse como una extensión, un triunfo de la revolución sexual de los setenta, devenida hoy mercado, moneda de cambio en la modalidad de lo sexy, lo nasty, lo wild. Es el discurso el que se ha liberado, no el sexo mismo, pues, al fin y al cabo, en éste no hay nada que liberar. Estamos sólo frente al discurso y a la idea del sexo, su exceso, la representación que provoca, y con la cual pretendemos, no evocarlo, sino conjurarlo, purificarlo de los humores humanos, siempre banales. Se habla tanto de sexo para tecnificarlo, hacerlo entrar al estándar, normalizarlo, convertirlo dato. Hemos pasado del diván de Freud y la encuesta de Kinsey a las terapias y clínicas para aumentar el tamaño del pene (!), del pin up al suicidegirls.com.
Cualquier sujeto contemporáneo es un sexualista en potencia. Juan Pérez puede informarse acerca de los secretos del clítoris y así satisfacer a su mujer. Se discuten en un café las zonas erógenas del cuerpo. Todos participan, todos colaboran, todos se empeñan en agotar ese nuevo evangelio que antaño ignorábamos. El cuerpo estaba ahí. Es sólo que no lo habíamos activado con la técnica adecuada. No es sólo, como diría Marx, que el sexo da cuenta de la relaciones de producción y del conocimiento en una era en particular; es que en la búsqueda del goce, en el hiperrealismo del placer, el sujeto actual halla también su producción y autoproducción como sujeto, como instancia material consciente más que nunca de sus procesos de erotización. Ya nomás “hombre, conócete a ti mismo”, sino “hombre (libido, función orgásmica), conoce tu cuerpo.” El cuerpo, el orgasmo, los jadeos alucinantes, son de quien los trabaja.
La moral victoriana había desterrado al sexo por considerarla una práctica improductiva, vinculada tanto a la ignorancia de la clase baja como al decadentista ocio aristocrático. Hoy no se puede hablar de tal destierro sin pensar en el hecho de que el sexo ha ocupado subrepticiamente una relevancia capital: se ha convertido en toda una industria. Terry Eagleton se queja de que los actuales estudios culturales, lésbico-queer y demás modas académicas sobre el cuerpo, presenten a éste en la representación del sexo y no del trabajo. Es una crítica válida. Sin embargo, no se puede ignorar el hecho de que no existe hoy necesariamente una oposición entre sexo y trabajo. El sexo es ya parte del trabajo, una infraestructura tan real y concreta como la industria minera. El asunto es que, como gran parte de los fenómenos actuales, la oferta supera a la demanda: la producción de placer excede a la producción de deseo.
Una vez que se ha liberalizado el placer, no tenemos tiempo para decidir bien qué deseamos, pues todo es tan atractivo, tan provisto de sublimidad y lujuria, aunque no sugiera o inspire deseo. Superado el proteccionismo que ejercía la Iglesia y el Estado, se corre el riesgo de eliminar al sexo como principio referencial. Es un riesgo que, por otra parte, no importa, pues tal vez la sexualidad como la entendemos no sea sino un mero principio de incertidumbre, una ilusión o ficción explicativa del punto de contacto entre los roles sociales. Si no hay más prohibición, todo es susceptible de ser sexuado y, por lo tanto, nada lo es. Es la economía política del porno, la pornocracia, es decir, la seducción de las formas, la genitalidad, la dinámica orgánica de los cuerpos como significantes opacos y a la vez como total verdad. Y es, no obstante, la era de la transparencia: los cuerpos intrincados de las pornstars develan a la vez que descalifican la ilusión, desimaginan la imagen. Habrá que buscar lo obsceno en otra parte, practicar, como los inversionistas de Wall Street, la especulación a fin de generar mejores dividendos y así reconstruir nuestros desgastados mecanismos de deseo, de Id, de trascendencia o placebo.
En la galería de las transgresiones tenemos al perverso: “No es tu sexo lo que en tu sexo busco, sino ensuciar tu alma.”(Leopoldo María Panero). El perverso es un torcido que tuerce la norma porque cree en ella. “El sexo es sucio sólo si se hace bien” –dice Woody Allen. Es sucio por su creencia firme en un mundo analógico donde toda acción sexual es eminentemente moral, un espejo de las correspondencias entre geografía y territorio, entre la idea y la materia. Es tan medieval como moderno. El perverso lleva a cuestas la sombra del pecado; sin éste no hay sentido alguno en su acto, que no es más que voluntad por hacer patente la violencia simbólica. Tenemos también al pervertido: “No piense mal de mí, señorita. Mi interés es puramente sexual” (Groucho Marx). El pervertido es un desviado funcional. Ha desviado la norma a su conveniencia, o más bien, ha descubierto que se puede reformular, disponer de ella sin el pathos de la moral, convencido de la fría inmanencia del cuerpo. Su transgresión es más una suspensión de la norma que un acto orientado al daño.
Entre lo perverso y lo pervertido, el torcido y el desviado, queda un valor del cuerpo: un valor de uso, un mero juego de roles. Los signos del sexo son más poderosos que el sexo mismo o el coito. La versión extrema del sexo como signo es, sin embargo, que ya no signifique nada, que no apunte hacia nada, que el sexo no diga nada. Hipertrofiado, no es ya más sublimación, es, a decir de Baudrillard,
tomado en su propia exhibición, fijado en su excrecencia orgánica, orgásmica, como el cuerpo en la obesidad, como las células en las metástasis cancerosas. No una forma envilecida, caricaturesca y simplificada de la sexualidad, sino la exacerbación lógica de la función sexo, lo más sexo que el sexo, el sexo elevado a la potencia sexual; no es la copulación de los cuerpos lo que es obsceno, es la redundancia mental del sexo, es la escalada de verdad que conduce al vértigo frío de la pornografía. (52)*
Ante esta tautología, los mecanismos activos del deseo se vuelven una mera ingravidez. Sin peso y sin densidad histórica, tales mecanismos sólo llegan a referirse entre sí, activándose ante el vislumbre de un culo lubricado –¡que no es más que un culo lubricado!— invariablemente orientado al goce perfecto e inmediato: “culo veo, culo quiero.” Nada trascendente, objeto de lujuria o sublimación, podríamos agregar a esta develación de la función sexo. Si toda esa desmesura de genitalidad no es más un signo, es decir, si no se refiere a algo distinto de sí mismo, nos vemos, para salvar al sexo de la nadería, en la necesidad de simular o recrear un mero efecto de nostalgia por el pecado, la culpa, la transgresión.
Así, no queda más que acudir a tales efectos y jugar con los signos posibles, entre la ironía y el pastiche. Sin pecado, sin culpa, sin transgresión, la adolescente que con su cámara digital se toma fotos en panties frente al espejo del baño, dice con ademanes y gestos lo que es hoy todo un discurso sobre el sexo: malos modales domesticados, ya asépticos, apoltronados en la supuesta seducción de una mirada de fémina fatal casera. Es una lubricidad transparente. Sin saberlo, la chica es parte del sistema actual que ha reconfigurado la noción de cuerpo para entenderla como un dispositivo de gestión sensual, pero es una gestión de orden platónica: no es la carne sino el cuerpo conceptual en esta o aquella figura lo que buscamos, esa forma evanescente, pero al fin y al cabo irrefutable. Sólo de esta manera se entiende el chantaje con que somos atrapados por las imágenes explosivas del porno, a través del cual el sujeto es dotado de un carácter veleidoso, diferenciado del mero instinto que esperaba ser liberado y que hoy ha sido reinventado.
Con esto, y como se sabe, la sexualidad resulta ser una construcción, un placer que hemos inventado a partir de la pulsión de nuestras libertades, no una esencia que hayamos descubierto. Pero una vez que ha sido formulada, es ya difícil establecer un principio referencial que indique los límites: nace en la pulsión misma y, así como la metástasis del cáncer, la función sexo tiende a mitigarlo todo en su desmesurada expansión, revelando el fin del sexo como lo conocemos, o bien, no es el fin de algo, es sólo el desarrollo inmanente de las ciegas operaciones de la materia, la energía del vicio.
La frase es del filósofo sofista Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas.” La idea del hombre está en crisis. Hoy sabemos de objetos, dispositivos y funciones, no de entidades. Esto que parecería una crítica de esta nueva razón sexual es más bien una nota reflexiva acerca del éxtasis tan fascinante como melancólico del hablar sobre el sexo, de ese hacerlo verdadero, de esta nueva ética, no represiva, sino dispersiva de los cuerpos.
*Baudrillard, Jean. Las estrategias fatales. Barcelona: Anagrama, 1983.

