Déjame


El amigo de un amigo insiste en mandarme otro de sus poemas para que yo lo publique en este espacio. En su defensa podría argumentar que ha dejado ya el tono simplón, si bien recurre todavía al tópico sentimental y le ha dado ahora por usar la fórmula gastada del imperativo como eje retórico. Podría aducirse todo eso. Pero no le hagamos el juego a la complacencia: el logro literario del texto es, sencillamente, patético.

Déjame tropezar una y otra vez con la misma y turbia piedra,
cincelar en ella tu nombre como eco ensimismado de la lluvia,
verter mis escuálidas médulas sobre tu sombra.
Déjame rozar el muro de miradas
que construyes con tu paso diligente al caer la tarde.
Déjame perder la cordura.
Déjame abdicar a mi derecho a alejarme de ti.
Déjame estar ahí cuando el viento distraído acaricie tu cabello.
Déjame palpar como ciego tu blanco rostro que alucina mi esperanza.
Déjame respirar bajo tu regazo,
sorber la virtud anidada entre tus piernas,
dormir el sueño plácido de la noche en que nadie sabe,
pero tú y yo nos miramos absortos.

Déjame ser deslumbrado.