Discurso a mis estudiantes

Después de haberme chamaqueado durante casi cuatro meses, en esta última sesión (en la cual, para variar, éste juega con su iPhone, aquél ya va en su noveno sueño y aquélla se muere por entrar a Facebook), decidí aburrirlos una vez más, exponiéndoles dos aspectos vinculados a mi labor docente y/o persona: a) ciertos hechos circunstanciales y no profundos, más humeanos que cartesianos, que me han traído hasta aquí; b) algunos datos y anécdotas grises, pues, como bien sabrán ustedes, la vida de un profesor es de lo más aburrida, incluso más que sus clases. Léase: no tomo, no fumo, no bailo pegadito, etcétera.

a) La verdad es que, en mis siete años de docente, siempre le he sacado la vuelta a la preparatoria. Eso de andar callando gente como que no se me da. Un título de maestría no tiene nada que hacer frente a la áspera y cruda realidad, de ser mandado al diablo cuando intentas explicar la diferencia entre mito y logos, el mercantilismo de los sofistas o la alegoría de la caverna. Es evidente que no puedo competir contra la plática sabrosa sobre el anillo de graduación, o sobre si se sospecha que Paris Hilton ya no es virgen, no sólo porque la filosofía en sí misma no tiene, al parecer, lugar alguno en la esfera de lo inmediato, sino porque –hay que reconocerlo y decirlo sin hipocresía, sin autocompasión– mis clases no son precisamente dinámicas, a ustedes les consta. O más bien, mi dinámica y técnica didáctica se resume en esto: yo hablo y ustedes escuchan. Disfruto mucho pararme a decir mentiras. No sé si les conste.
Tal es el ejemplo que he seguido de los maestros que me formaron –o deformaron. Y es que traigo a cuestas diecinueve años de educación pública tradicional. Por ejemplo, mi maestro de sexto de primaria decidió que debía participar como solista en la recitación grupal de un poema de Enrique González Martínez. Habíamos ensayado bastante la lectura por algunas semanas en el aula. Jamás me notificó cuándo sería la presentación. Un lunes cívico, de honores a la bandera, juramento y entonación del Himno Nacional y demás, tuve la malapata de llegar tarde. Me quedé perplejo al recibir el regaño por parte de mi profesor, quien había que tenido que prescindir de mi participación por no haber estado a tiempo. El título del poema era “Cuando sepas hallar una sonrisa”, pero yo no supe hallar respuesta alguna a mi frustración.
Mi maestra de español en secundaria, una de las profesoras más perezosas y valemadristas que he conocido en mi vida, me eligió para aprenderme un discurso de dos cuartillas de Jaime Torres Bodet, en el cual este poeta mexicano exaltaba la supuesta gesta patriótica de los Niños Héroes. Me agarré contra la pared y en un día lo memoricé. De ella no recibí regaño alguno, sencillamente no recibí nada. Jamás se tomó la molestia de preguntarme acerca del discurso. Desde esa vez los Niños Héroes me parecen lo más cursi y falso de la historia oficial de México.
Con todos los defectos y vicios que pudieran tener, a todos mis profesores (buenos, malos y regulares) les agradezco todo, pues me enseñaron no sólo a partir de su contraejemplo, es decir, de lo que no se debe hacer en clase; me aportaron algo que no la da la nueva visión light de la educación: las clases no tienen que ser necesariamente divertidas “entretenidas”, sino significativas. Si el profesor sólo se diera a la tarea de ser Adal Ramones o un mero proyector de películas, no sería un profesor, pues se estaría a expensas de cumplir expectativas muy ajenas a la del aprendizaje. Según entiendo, aprender es salir de sí mismo, reestructurar toda nuestra percepción, no aclimatarnos a un orden cómodo. Ustedes saben: aquello que consideramos como “peladito y en la boca”. Lo anterior no significa, por otra parte, que no hay lugar en el aula para la empatía personal con los estudiantes, el recurso histriónico o visual.
Para ser sinceros, diré que en realidad yo no sé cómo se da una clase, pero sí creo saber cómo no se da. Sin embargo, no soy tan soberbio como para pensar que he superado los vicios y defectos de mis profesores. Gracias a Dios y a la divina tecnología, hoy tenemos el powerpoint, que a la vez que nos ahorra el trabajo también nos vuelve menos curiosos y críticos, pues presenta todo desde la percepción del homo videns. Gracias a los nuevos educadores, hoy tenemos la patraña ésa del profesor como “facilitador”, las técnicas de rompehielo (que deviene puro desmadre), los PBLs, el aprendizaje colaborativo (que es la forma elegante para decir “hacerse bolas”), plataformas electrónicas y demás. Por supuesto que estas herramientas son muy buenas. Sin embargo, para los que fuimos la última generación sin tales recursos, consideramos lo que un educador planteó al respecto: “Si un profesor en particular es substituido por una computadora, es porque, en efecto, tal profesor merece ser substituido”.
En otras palabras, no se puede asir el conocimiento si no se tiene una voz que medie, regule o dé sentido a la materia prima: ustedes. Es como observar un documental sin narrador. Trayendo a colación los conceptos aristotélicos, es como si sólo observáramos la Materia, pero sin posibilidad de la Forma, sin esa particularidad que otorga significado. Como soy medio megalómano, me niego a ser sólo la Materia de apenas 50 kilos que de facto soy, y aspiro a fungir de agente creador y constructor de significados con el fin de recrearlos en ustedes. No sé si les conste.
Tal vez se oiga medio senil, pero no recuerdo cuándo decidí ser profesor: sólo sé que en 1997 ingresé a la Licenciatura en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora, mi principal lugar de trabajo y alma mater, con la cual llevo, a la manera de Niurka y Boby Larios, una relación tormentosa de amor-odio. Cuando me gradué en 2001, dejé de ser estudiante para ser, como muchos de los jóvenes mexicanos, desempleado. Tuve suerte, sin embargo, al incorporarme, en poco tiempo trabajo, a la docencia a nivel superior. Después de 4 años de dar clases, en 2005 me inscribí en la Maestría en Literatura Hispanoamericana y, sin dejar de trabajar durante el transcurso de ésta, me gradué y titulé en 2007 y aquí estoy haciendo lo que mejor sé hacer: tirar verbo. No sé si les conste.
Como no soy la dra. Corazón, ni el Papa, no daré consejos acerca de cómo ser buena persona. Sólo les diré que usen cinturón de castidad o de seguridad, o si no también usen condón y, sobre todo, aprovechen para bien la oportunidad que les dio la vida y sus padres al estarse graduando de una escuela sin huelgas y, sobre todo, antes de que sean todos unos universitarios y universitarias, no la chiflen: lean un libro estas vacaciones.

b) Al provenir de una familia con nulos antecedentes escolares, pues ninguno de mis padres cuenta con educación primaria, la elección de una carrera profesional vinculada a las humanidades resulta algo curiosa. Recuerdo que cuando estaba por terminar mi licenciatura, mi papá –quien fue panadero desde su temprana adolescencia y hoy pensionado con una pensión miserable del MSS— me preguntó, después de 4 años de estudiar, que si de qué carrera me iba a graduar. Esto, por supuesto, no se debió a una falta de interés, sino sencillamente al hecho de que para alguien de una personalidad ajena al ámbito de las letras, la frase literaturas hispánicas no es algo común. (De hecho, todavía hay profesionistas que me preguntan si mi carrera es nueva, cuando en realidad tiene más de 35 años de fundada, siendo de las más antiguas en la Unison.)
Soy el sexto hijo de una familia de seis hijos. Junto con mis hermanos y hermanas, formo parte de esta generación heredera de Siempre en domingo, el Chavo del ocho y el priísmo, que es cuando creo que empecé a tener conciencia de mí. Soy asimismo parte de esa generación de principios de los noventa, tiempos en los cuales, para algunos, el Tao Tao era una especie de himno estatal y, para otros, bailar rap al ritmo de Vanilla Ice y MC Hammer rifaba y controlaba. Se decía así en aquellos tiempos, pues el anglicismo rulear no existía aún en español y menos en la República de Hermoranch, Sonora. Son aquellos tiempos del alternativo y el grunge de Seattle que, con su llamado antiestilo, reaccionaba contra los greñudos metaleros ya trasnochados, si bien todavía Metallica y los Guns dominaban la escena juvenil. Camisas de franelas, guitarras sin distorsión estridente y sin requinteos apabullantes, revelaban ya el clima de una época en una busca de formas más melódicas y sofisticadas para expresar rebeldía, inconformidad o el mero vacío existencial posmoderno. Eran los tiempos de Radiohead, Nirvana, Stone Temple Pilots, Soundgarden, Alice in chains. México atravesaba, para variar, una crisis económica y política: Colosio asesinado y la devaluación del peso frente al dólar. Después vendrían los Zedillos, los Foxs, los Calderones y el otro loquito del pueblo que se cree presidente legítimo. (Deberían de darle la Isla del tiburón para que funde ahí la república de Pejelandia y deje de estar chi… molestando.) Mucho tiempo después vendrían los emos.
Volviendo a lo que me ocupa, recuerdo que una vez les dije –sin malaleche— que, si bien podía mostrarme amigable con ustedes, no era precisamente su amigo. Espero que tales palabras no hayan sido malinterpretadas, percibidas como un acto de mamonería. Fue más bien un intento de marcar cierta línea de distancia. Ya olvídenla. Ahora sí les ofrezco mi aburrida, poco cool, aunque sincera amistad. Hoy es la última sesión y ya es necesario que me hablen de tú.

En cuanto a las preguntas que implícita o explícitamente se me han hecho, respondo:

1) No, no soy gay. No, no me drogo. Soy lesbiano: me atraen las mujeres. Las uñas largas son para la guitarra y otros instrumentos de cuerda. El cabello largo es porque aún me quiero creer, en vano, joven. Aunque se me quiera estereotipar como trovador, más bien me he quedado un poco en el rollo headbanger, a la vez que le tiro al rollo Invasores de Nuevo León. Decidí cortarme el cabello, pero aún no me he atrevido, tal vez un poco por el miedo a aceptar lo que soy: un ñoño al que siempre le ha gustado la escuela; un batito que pasará, tal vez, el resto de sus días entre bibliotecas y aulas. Intento sentirme joven y no ver que tengo ya 28 años y aún no he terminado de escribir la gran obra literaria que me hará famoso, rico y con doctorado.

2) Sí, con las mujeres soy sofista, pero no sólo eso, sino también presocrático, platónico, aristotélico, neoplatónico, budista, taoísta, cristiano, humeano, cartesiano, existencialista… la corriente filosófica o religiosa más adecuada para el caso.

3) Sí, sí creo en Dios –a veces.

Que este Dios con mayúscula, o los dioses, la Energía o el Dr. Simi los bendiga. Como dijo el buen Ceratti, gracias totales.